lunes, 16 de diciembre de 2013

PETER O’TOOLE (1932-2013) FUE UN ACTOR DE UNA PERSONALIDAD MAGNETICA

Adiós a una mirada eternamente azul

Célebre desde su legendario protagónico en Lawrence de Arabia, el intérprete de casi un centenar de películas fue ocho veces candidato al Oscar de Hollywood al mejor actor, pero se tuvo que conformar con una estatuilla honorífica.
Lawrence of Arabia (1962): Peter O'Toole as T. E. Lawrence. SOURCE: Publicity
Por Luciano Monteagudo
No había cumplido todavía 30 años, tenía hasta entonces una poco promisoria carrera teatral y un par de películas como secundario, cuando el director David Lean lo convocó para el protagónico absoluto de la película que lo convertiría, de la noche a la mañana, en una estrella de fama mundial, de una perennidad que parecía a prueba del tiempo. Con Lawrence de Arabia (1962), Peter O’Toole –fallecido ayer en Londres a los 81 años– demostró no sólo que durante tres horas y media podía estar al frente de una superproducción de proporciones épicas, sino que en su composición del coronel Thomas E. Lawrence era capaz de convertir a un aventurero al servicio de la corona británica en una figura legendaria y, gracias a sus ojos de un azul profundo, emanar un magnetismo que justificaba todas las revueltas que el pueblo árabe hacía en su nombre.
Lawrence de Arabia obtuvo siete premios Oscar, entre ellos a la mejor película y al mejor director, pero sorprendentemente O’Toole, aunque era candidato como mejor actor, no pudo llevarse la estatuilla de regreso a Londres. Fue el primero de una larga serie de desaires de la Academia de Hollywood: seis veces más fue candidato como actor protagónico sin ganar el premio (un destino cruel que compartió por entonces con su viejo amigo Richard Burton) hasta que alguien pensó que debía ser compensado con un Oscar honorífico a la carrera, que le fue entregado en 1983. Pero todavía le quedaba lugar para un nuevo “fracaso”: en 2007 –por su espléndido trabajo como un actor retirado en Venus– volvió a ser nominado como mejor actor protagónico, para perder por octava vez, en lo que hasta hoy sigue siendo uno de los records más extraños y malignos de la historia del Oscar.
Desde aquella epopeya en gloriosos 70 mm, que él era capaz de ocupar sin disimulo con su florida presencia, hasta esta pequeña película de cámara en la que se permitió inclusive reírse un poco de sí mismo, la carrera de Peter Seamus Lorcan O’Toole (nacido el 2 de agosto de 1932, en el condado de Galway, Irlanda) tuvo alzas y bajas, pero siempre, aun en los proyectos menos afortunados, sobresalía su poderosa personalidad. En Beckett (1964) encarnó al rey Enrique II, el primero de una serie de soberanos a los que les dio una carnadura más allá de sus coronas. El mismo año, bajo la dirección del estadounidense Richard Brooks, hizo el protagónico de Lord Jim, sobre la novela de Joseph Conrad, donde volvió a convertirse en un intrépido aventurero, otro personaje que se le daba con facilidad.
Durante la segunda mitad de la década del ’60, participó de los multitudinarios elencos de ¿Qué pasa Pussycat? y La Biblia; fue el infatuado ladrón de guante blanco de Cómo robar un millón de dólares, bajo la dirección de William Wyler y en pareja con Audrey Hepburn; sobreactuó como un nazi fanático en La noche de los generales, con la complacencia del por entonces veterano realizador Anatole Litvak; volvió a ser el rey Enrique II en Un león en invierno, junto a Katharine Hepburn; y hacia 1969 consiguió otro de sus grandes éxitos de boletería, Adiós Mister Chips, la popularísima comedia musical –hoy inexorablemente envejecida– en la que O’Toole interpretaba a un extravagante y rígido profesor que, ya maduro, encuentra al amor de su vida en una mujer de pasado tumultuoso.
En los años ’70 siguió filmando prolíficamente –la base de datos Imdb consigna casi un centenar de participaciones entre películas y telefilms, en más de medio siglo de carrera–, aunque su estrella comenzó a sufrir un leve declive, quizás a causa de que su extrovertido estilo actoral chocaba con el cine de corte más realista que se imponía por aquella época. Aun así, se hizo notar en La guerra de Murphy, donde interpretaba al único sobreviviente de un navío inglés que se propone vengarse del submarino nazi que hundió a todos los compañeros de su tripulación. Reincidió en la comedia musical con El hombre de la Mancha, donde componía a Don Quijote y tenía por Dulcinea a Sofia Loren. Y volvió a perder la oportunidad de ganarse un Oscar con La clase dirigente, una sátira sobre la aristocracia británica que tuvo cierta repercusión en su momento.
Los ’80 fueron más benignos con O’Toole, que consiguió lucirse en una película hoy de culto, El especialista del peligro, dirigida por Richard Rush, y sobre todo en Mi año favorito, una deliciosa comedia de Richard Benjamin sobre los comienzos de la televisión, con O’Toole como un legendario actor especializado en películas de capa y espada cuya carrera está en marcada decadencia por el alcohol y la vida disoluta, un personaje claramente inspirado en Errol Flynn. Para Bernardo Bertolucci fue el tutor escocés de El último emperador (1987), pero las nuevas generaciones, sin embargo, quizás apenas lo recuerden por su participación, no por secundaria menos memorable, en Troya (2004), donde fue un impresionante Príamo.

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