miércoles, 2 de mayo de 2012

El Último Elvis

La película del Rey

La idea de Armando Bo nieto era buscar a alguien que no sólo pareciera Elvis, sino que sonara como Elvis. Tras un casting eterno, el director se dio cuenta de que la solución que no aparecía estuvo al lado suyo todo el tiempo: John McInerny, el arquitecto platense que de noche lidera la banda Elvis Vive y al que había contratado como asesor. Entonces todo calzó a la perfección y más: El último Elvis, la película sobre un tipo obsesionado con Elvis encontró en su protagonista un eco inesperado que le da una densidad especial. ¿Dónde empieza el homenaje y dónde la obsesión? ¿Hasta dónde uno se cree otro? ¿Y cuánto puede serlo sin despegar del mundo? El mismo McInerny guía a espectadores y lectores por ese laberinto de la idolatría hecha carne.

 Por Mariano del Mazo
 http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-7893-2012-05-02.html
 
Uno de los grandes éxitos de YouTube es la Convención de Batmanes del programa Cha cha cha, aquella memorable cumbre del Mercosur en la que Alfredo Casero (Juan Carlos Batman) es el superhéroe argentino que dirige la sesión frente al Batman uruguayo (Diego Capusotto), el brasileño (Fabio Alberti) y el paraguayo (actor no identificado, de inescrutable guaraní). La escena es coronada por la intervención en inglés de Superman que es abucheado por los Batmanes latinoamericanos al grito de “¡rajá gringo!, ¡extraterrestre del orto!”. El último Elvis limita con esa estética de sainete lisérgico, pero ostenta el tino y la sabiduría de no cruzar la frontera. Armando Bo nieto eligió para su ópera prima contar un drama, el profundo drama de un esquizoide que se cree Elvis y que llevará esa convicción hasta las últimas consecuencias.


Para analizar la película habrá que hablar primero de un guión simple en apariencia, pero lleno de curvas y contracurvas, resbaladizo. Parece estar yéndose permanentemente hacia esos lugares de los que es imposible regresar, pero finalmente nunca abandona su cauce. Es el primer gran hallazgo de la película: un guión sinuoso escrito con trazo quirúrgico, un caballo bravo domado con riendas firmes. Sólo por ese motivo la referencia al sketch de Cha cha cha no es más que eso, una referencia, un déjà vu que aparece con fuerza cuando Elvis se encuentra en una suerte de bolsa de trabajo de dobles con un tipo caracterizado como Iggy Pop y el diálogo entre ellos es el de dos enajenados, o dos desesperados, mientras alrededor desfilan John Lennon, Bob Dylan, Barbra Streisand o los Kiss.

Nuestro Elvis está encapsulado en sus demonios interiores y no se lo verá tomando mate o viendo un partido de fútbol por televisión, tentaciones fáciles. Nuestro Elvis es Elvis, engulle sandwiches de manteca de maní y banana y vive su realidad paralela como un border. Niega su DNI, su reverso de mameluco: Carlos Gutiérrez, obrero soldador de día y doble de Elvis de noche, muy buen cantante, separado de Griselda Siciliani (él la llama Priscilla), con una hija (él la llama Lisa Marie) a la que lleva de aquí para allá por los suburbios porteños en un Ford Fairlane V8. La película es, también, la película de la relación de un padre con su hija. La locura se deshace en la ternura de padre ausente, pero padre al fin, y el final no puede ser feliz. O sí. Bo opina que el final era el único final posible, y que aunque no lo parezca “es feliz”.

El segundo hallazgo es el del (no) actor que hace de Elvis Presley, John McInerny. Se ingresa aquí a un terreno en el que la realidad se puebla de espejos, identidades mal barajadas y obsesiones. McInerny es un abogado y docente universitario platense que tiene una banda tributo llamada Elvis Vive. Después de años de estar buscando a su Presley, Armando Bo se percató de que lo tenía frente a sus narices. La producción había contratado a McInerny para que dirigiera el casting, para que asesorara en la parte vocal, teniendo en cuenta su obsesión por Elvis. La idea era que el actor elegido también cantara. “Pero no aparecía. Cuando decidimos hacer la prueba con él fue como un imán. Nos dimos cuenta de que teníamos a Messi guardado. Fue prender la cámara y percatarnos de que el que estaba delante de nosotros era Elvis. La película encontró su personaje ante mi negación de encontrarlo”, dice Bo.

Hijo de Víctor, nieto de Armando, Bo tiene 33 años, viene del palo de la publicidad y fue coguionista de Biutiful, de Alejandro González Iñárritu (Amores perros, 21 gramos, Babel). “La película nace a partir de conceptos que yo estaba analizando mucho, como la falta de personalidad. Son temas que me motivan. Un día hicimos una publicidad de jabón en polvo con un doble de Elvis, un Elvis que tenía una camisa con los cuellos muy anchos y muy sucios. Pensé: ‘¿Qué le pasará a este tipo por la cabeza?’. Fue el disparador: me puse a desarrollar esa idea, traté de meterme en la cabeza de un tipo que trata de construirse negando su realidad. Hasta que la realidad se le viene encima.”

El gran peligro era caer en lo bizarro. Y la película no cae.
–Nos cuidamos mucho en ese aspecto. Fue un punto de máximo control. No quería que se volviera una película común, chabacana, bizarra, facilista... Yo no quería que el punto de vista de los demás se metiera en la película. Sí lo roza un poquito, en algunos lugares, cuando la historia lo permite, cuando él se abre un poco más y está con su hija, porfiando contra la realidad. Ahí sí lo exponemos un poquito. Se queda solo con su hija, y hace lo que puede. El filme cuenta el breve momento de encuentro entre él y su hija. En ese escaso tiempo la chica aprende a conocerlo, a respetarlo y a quererlo.

¿Por qué te importa tanto la gente que vive otra vida?
–No sé. Puede tener que ver el ser nieto o hijo “de”. Yo he visto la fama desde otro lado. He visto muchas cosas también estando al lado de Alejandro González Iñárritu. Uno escarba un poco y somos todos iguales. Cómo se idolatra a un futbolista, a un actor, un director, me sigue sorprendiendo.

El último Elvis abrió el Bafici y fue estrenada comercialmente el jueves pasado. Destacada en el Festival Sundance y premiada por la crítica francesa en el Festival de Cine Latino de Toulouse, las críticas locales fueron más que elogiosas. La financiaron Rebolución (la productora de publicidad de Bo), Iñárritu, Kramer & Sigman Films, Hernán Ponce y Axel Kuschevatzky. La prehistoria de la película también gusta del juego de espejos: cuando Bo terminó el guión se lo mandó a Iñárritu. Al director mexicano le gustó tanto, que terminó involucrando al argentino en el guión de su propia película, Biutiful. Elvis quedó rezagado, esperando su momento. Y llegó. “La demora vino bien –dice Bo–. A la cantidad de metros que tengo filmados publicitariamente le sumé la experiencia de haber participado en Biutiful, y eso me dio un buen fogueo. Es un filme independiente, pero pudimos trabajar una dirección de arte muy interesante, una fotografía cuidada, una dirección de actores supeditada a la idea de Elvis y a su punto de vista. Trabajamos mucho para que no se fuera jamás de tono. El guión pasa por un montón de caminos y va girando y trata de mantener al espectador atrapado. Fue genial haber podido llegar al Sundance. Yo pensé que muchos la iban a ver como si fuera una película norteamericana, sin embargo los que la veían decían que era claramente de Latinoamérica.”

La charla se interrumpe. La habitación queda en silencio. Una leve electricidad se siente en el ambiente. Ahí, por el pasillo, llega Elvis.

En la película, Carlos Gutiérrez quiere aumentar de peso para dar con el Presley otoñal, el de Las Vegas (Las Vegas es, para el Elvis criollo, el Bingo Avellaneda, y en ese aspecto, y en ninguno, la película no trafica un gramo de ironía). Por el pasillo llega McInerny con 40 kilos de más al que conocimos en la función privada. Queda claro que aquí el tema del doble no pasa por el calco físico sino por un aire, una actitud y, sobre todo, una voz. McInerny canta notablemente y lo muestra en las esporádicas actuaciones al frente de su banda tributo al Rey, Elvis Vive. No es exactamente un imitador; tiene voz propia. Su versión de “Always on my mind”, por caso, es conmovedora. A los 47, y proveniente de una ciudad de alcurnia musical como es La Plata, representa al típico profesional rockero veterano anclado en otros tiempos: además de Presley, claro, John McInerny venera solistas como Johnny Cash y bandas como The Doors.

La primera vez que emite sonido es para pedir disculpas por la demora: “Mirá cómo transpiré. Me agarró un piquete”. La segunda es para aclarar su nombre y apellido sajones. “Yo me llamo Juan Pedro McInerny, pero de pibe me llamaban John. Tengo ascendencia irlandesa. En la Universidad de La Plata, donde doy clases de arquitectura, soy Juan. Para familiares y amigos soy John.”

Este tipo que alguna vez se tomó un avión a Memphis es la ficción de una ficción. Actor de lo que tal vez, en algún lugar de su inconsciente de fan, quiso ser: ponerse la capa de Elvis hasta las últimas consecuencias, cueste lo que cueste, así tenga que resignar la posibilidad de un futuro o inmolarse en un sacrificio pagano. Pero se tuvo que conformar con ser un arquitecto con veleidades de artista, un buen imitador del Rey. Cero épica, una módica extravagancia. Pero aquí y ahora hay un tren que vuelve a pasar. Porque McInerny es un artista inconmensurable, un hallazgo total. Su actuación es soberbia, fundamental: si fracasaba él, fracasaba la película; un mínimo error que permitiera ver las costuras, el hilo del muñeco... y adiós Bo, Iñárritu y Sundance.

McInerny se devora la película en un contoneo sutil del Presley más decadente, en un gesto mínimo, una ceja levantada, un porteño neutro –que hace recordar al Rulo de Mundo grúa– y alguna frase memorable en su forma y oportunidad: “El show debe continuar”. En las antípodas de Graceland una nueva vida asoma para el cansado arquitecto platense que plantea, como al pasar, que está un poco harto de su profesión, que no estaría nada mal un futuro de actor.

“Yo soy muy cauto con todo. Fui muy cauto cuando los chicos me eligieron y me confirmaron como actor, y ahora también. Tengo muchísima alegría por lo que estoy viviendo. Me gusta mucho el cine. Armando hizo un excelente laburo.”

¿Pensás efectivamente que tu vida va a cambiar?
–Ya cambió. Vos estás acá haciendo una nota, estuve en el Festival de Toulouse... Qué sé yo... soy un simple arquitecto. Si esto tiene un suceso relativo y mi vida sigue igual, voy a estar agradecido y contento; si realmente pasa algo, mejor.

¿Habías estudiado actuación?
–No. Me ayudó mucho mi coach, Maricel Alvarez, que es una actriz increíble. Es la coprotagonista con Bardem de Biutiful, y creo que ahora la convocó Woody Allen. Estuve bastante tiempo con ella, es una gran profesora. Ensayamos cada escena muy prolijamente durante dos o tres meses. Me marcó mucho, casi todo. De hecho, dejé de trabajar como arquitecto y durante un año me instalé en Buenos Aires con un personal trainer, fui a Cormillot, bajé de peso, pero después cuando empecé a laburar de nuevo en el estudio de arquitectura volvieron los desarreglos. Acá me ves: estoy pesando 132 kilos. Tengo que volver con las viandas.

John McInerny llegó a Elvis Presley por la vía de Johnny Cash. No está nada mal: un buen camino, digamos. Quizá sean sus rasgos sajones, esa piel casi transparente, las patillas que funcionan como la marca del Zorro, lo cierto es que por varios motivos no parece argentino. Tiene, como su personaje, un acento distante; pronuncia bien las “eses” y su discurso es sereno y puede hasta sonar desapasionado. “Mi casa siempre fue muy musical, porque mi mamá es concertista de piano. Mi viejo nada que ver: le gustaba la música norteamericana, el country music, el jazz y el blues. Y yo me fui por el lado de mi viejo. El era fan de Hank Williams y de Cash. Murió papá, hace cinco años. Tengo recuerdos hermosos... Con mi viejo vimos a Johnny Cash en 1980, en Fort Lauderdale, y lo saludamos y le dimos la mano. Le pidió un autógrafo que obviamente conservo yo. Es un recuerdo imborrable, así como la primera vez que fui a Memphis.”

Debés echar de menos que tu padre no esté en esta circunstancia de tu vida...
–Sí, mucho. La película termina con un tema que se llama “I’m so lonesome, I could cry”, que es de Hank Williams. Es una versión muy linda, hecha sólo con la acústica. Ahí mi viejo se hubiera emocionado mucho, más allá de verme en una película. Hubiera sido fantástico, pero... Está mi mamá, por suerte. Y mi hermano, que es una prolongación de mi viejo.

¿Viste la película sobre Cash, Johnny & June, con Joaquin Phoenix?
–La vi. Gran película.

¿Tomaste algo de ahí?
–Seguramente sí. Me encanta además Reese Witherspoon. Pero tengo que marcar una diferencia con El último Elvis: si bien Joaquin Phoenix grabó los temas, cuando lo filmaron hace playback. En esta película yo canto en vivo. Se lo dije a Armando: haber tomado esa decisión tiene un efecto de credibilidad. Le creés al personaje y a la película toda.

¿Cuándo te topaste con Elvis Presley?
–Yo tenía siete años y ya le pedía plata a mi abuela para ver si me podía comprar algún otro disco de Elvis. Me encantaba. Había pocos discos y poca data a fines de los ’70. En los ochenta mi viejo tuvo una agencia de viajes y viajaba mucho. Me traía no sólo discos de Elvis, también de Muddy Waters, Freddie King, todo lo que a mí me gusta. Yo era una rareza en el barrio, un boxitracio musical, porque en La Plata si había algo en inglés eran Los Beatles, y nada más. Este es un país muy beatlemaníaco.

Se detiene a contar su versión del famoso y frustrante encuentro entre Los Beatles y Presley, habla de su relación con la familia Moura (“en La Plata nos conocemos todos”), pregunta con algo de indignación por qué Sandro casi no se refería a Elvis en las entrevistas (“¡si le robó todo!”) y recuerda qué pasó por su cabeza adolescente el 16 de agosto de 1977. “Fue triste, fue inesperado. Porque yo no tenía noticias, de hecho lo único que había visto de él sobre un escenario hasta ese momento eran fragmentos de un concierto que dio en 1973, Aloha from Hawai, que fue transmitido vía satélite a todo el mundo. Me acuerdo también de que mi viejo llegó a la noche de trabajar y nos pusimos a escuchar discos de Elvis hasta la madrugada. Fue nuestro duelo.”

¿Cómo definirías a tu banda, Elvis Vive? ¿Es una simple banda tributo?
–Sí, pero no. Además de los temas de Elvis, hacemos canciones que él nunca cantó, y temas propios. Esa es la metodología. Es una banda tributo que se permite hacer otras cosas. A veces me pongo la pilcha de Elvis, a veces no. Depende. Depende del trabajo y de mi ánimo.

Si bien la película cuenta una historia extrema, ¿sentís algún tipo de relación real entre vos y Carlos Gutiérrez, el personaje?
–Sí, obviamente hay un punto. Cuando Carlos Gutiérrez sale de su trabajo tiene su grupo que recrea a Elvis. Pero me diferencio porque Carlos Gutiérrez después sigue tratando de ser Elvis en todo momento.

¿Y vos?
–Yo no. Yo soy Juan McInerny, fanático de Elvis, fanático de la música. Que ha invertido mucha plata en Elvis y que ahora siente que a través de la película, Elvis me empieza a devolver lo invertido. Una especie de justicia divina.

Elvis vive.
–Y, sí.

Cuando se va deja un silencio gigante, y preguntas. ¿Lo volveremos a ver? ¿Quién es, finalmente, este tipo? ¿Se puede entrar y salir de la locura? O, peor, ¿se puede entrar y salir de la vida ordinaria? Ahí va, por el pasillo. No se percibe con claridad si el que se va es John, Juan, Gutiérrez, Elvis o un simple y melancólico arquitecto que el destino tomó de las solapas para que dejara el gris anonimato y ser –entre la fugacidad y la eternidad que propone el cine–, al menos El Rey por un rato, por siempre.

Como un rey

Por Mariano Kairuz

 http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/subnotas/7893-1702-2012-05-02.html

Imitadores de famosos habrá muchos pero los de Elvis son legión, como son infinitos los concursos de intérpretes: el Elvis impersonator es una categoría en sí misma, a tal punto que tiene su entrada en Wikipedia, donde uno puede enterarse de que existen Elvis impersonators desde los años ’50; que se los denomina informalmente ETA, por Artista Tributo a Elvis, según su sigla en inglés; que el primer imitador del que se tiene registro fue un chico de 16 años llamado Jim Smith, en 1956, cuando el Rey recién empezaba a hacerse famoso, y que el propio Presley tenía un favorito entre sus imitadores: nada menos que Andy Kaufman, a mediados de los ’70. Existe incluso una guía internacional titulada I Am Elvis, que reúne “fotos, repertorios y testimonios personales” de imitadores de todo el mundo, incluyendo versiones femeninas de Elvis, Elvis negros, Elvis niños, lo que venga.

Habiendo alcanzado tales proporciones, era inevitable que el tema generara ensayos, investigaciones, obras de teatro, libros y, por supuesto, programas de televisión y películas: tantas, de hecho, que ya han consolidado todo un subgénero. Uno de los films más cercanos y representativos fue 3000 millas a Graceland (2001), de Demian Lichtenstein, en el que Kevin Costner y Kurt Russell encabezan una banda criminal embarcada en un golpe malogrado a un famoso casino de Las Vegas durante una convención de Elvises. Su estrategia consiste en hacer su aparición caracterizados, todos ellos, como el Rey; lo cual da lugar a una escena de tiroteo bizarra hasta lo tarantinesco. Sobre los créditos finales Russell interpreta con onda, energía y convicción “Such a Night”, demostrando que él sigue detentando el título de principal intérprete de El Rey en el cine contemporáneo, obtenido en 1979 cuando estrenó la gran biopic televisiva Elvis, dirigida por John Carpenter, y que apenas un año y medio después de la muerte del ídolo, retrató su juventud y ascenso. Más de veinte años después Jonathan Rhys Meyers se puso en el mismo papel, con soltura y logrando un parecido inesperado, en otro telefilm infinitamente menos inspirado.

Nueve años antes de la de Costner, Nicolas Cage filmó la comedia Honeymoon in Vegas, en la que para recuperar a su novia Sarah Jessica Parker de las garras del mafioso James Caan debe arrojarse en paracaídas junto con un grupo llamado The Flying Elvis: inventado para la película, el grupo luego se materializó en el mundo real, formando una banda de diez tipos vestidos como que saltan de 2700 metros de altura y tras aterrizar cantan canciones de su ídolo por 15 minutos. Apenas un año antes de Honeymoon, Cage había demostrado que podía canalizar a la perfección el espíritu de Presley, al cantarle, enfundado en su campera de piel de serpiente, “Love Me” y “Love Me Tender” a Lula (Laura Dern) en Corazón salvaje, de David Lynch. Entre el Elvis de Cage y el de Costner hubo otro, más fantasmático, hecho sólo de voz y silueta, en True Romance, la película de Tony Scott sobre guión de Tarantino y protagonizada por Patricia Arquette y Christian Slater. El personaje de Slater era empujado al crimen por el espíritu del mismísimo Elvis, cuya voz era la de Val Kilmer.
Por alguna razón se repite como leitmotiv la vinculación del culto a Elvis con el mundo del crimen en el cine de Hollywood: será acaso cierta sordidez propia de la historia del hombre que cuando llegó a ser el más grande del rock and roll dijo que estaba dispuesto a pagar un millón de dólares para poder volver a ser un rostro anónimo: de eso, un poco, trata Bubba Ho-tep (2004), una bizarrada del director Don Coscarelli en la que Bruce Campbell (el actor de culto de la saga Evil Dead de Sam Raimi) hace de Elvis en la actualidad: harto de la fama, tras haber enrocado lugares con uno de sus más logrados imitadores, Presley cae en un coma y despierta veinte años después en un geriátrico, para luego, no pregunten cómo, tener que enfrentar a La Momia.

Un Elvis inesperado fue Harvey Keitel en Finding Graceland, la única de estas películas coproducida por Priscilla, lo cual aportó una escena filmada dentro de La Mansión, y en la que el actor de rostro tallado en piedra es un Elvis impersonator que pretende convencer al automovilista que lo levanta en la ruta de que él no es imitador, sino el mismísimo, el auténtico, el único e inigualable. Por esa misma época, en 2002 apareció el poco visto documental Almost Elvis, “casi Elvis”, que investiga el fenómeno siguiendo de cerca a distintos imitadores, sacando a la luz algunos aspectos de sus vidas y relaciones cotidianas, exhumando historias de novias que se fueron porque ya no aguantaban tanta demencia devocional, o relatos de tipos que se sometieron a cirugías para parecerse más. Entre otras historias, se destaca la de Robert Washington, el Elvis afroamericano al que todos le dicen que no tiene posibilidades por las evidentes diferencias físicas, aunque por otro lado esa misma característica no hace otra cosa que devolverlo al origen étnico de la música que encendió la pasión y de la que aprendió todo su ídolo.

A todos éstos les compite con fiereza Jack White en su cameo en la comedia Walk Hard, una parodia de Johnny & June en la que el ex White Stripe expuso no su intensidad, ni mucho menos un parecido vocal o fisonómico, sino una veta humorística insospechada. Su Elvis por un minuto es pura gestualidad, sensualidad; cancherísimo, no trata de ser el Elvis verdadero ni su espíritu, sino lo que de verdad importa: los contornos de su leyenda.

 

 

 

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