jueves, 4 de octubre de 2012

CORNELIA FRENTE AL ESPEJO, DE DANIEL ROSENFELD


Una realidad hecha de deseos y pesadillas

El director y su actriz y coguionista Eugenia Capizzano tomaron uno de los relatos más exigentes de Silvina Ocampo y reencontraron la potencialidad del cine desde el lugar más impensado: la palabra.


Por Luciano Monteagudo

Algo está cambiando en el cine argentino. Con todas sus diferencias, tres de los estrenos nacionales de esta misma semana (que están entre los más importantes del año y por lo tanto no debieron haber coincidido en su lanzamiento) van dejando atrás el realismo puro y duro que fue predominante en los últimos tiempos y se internan por otros caminos: Los salvajes se asoma al universo de lo mítico y lo sagrado; La araña vampiro se arriesga por la vía del fantástico; y Cornelia frente al espejo propone la que quizá sea la aproximación más audaz –y también la más lograda– a uno de los mundos más singulares de la literatura argentina.
La más audaz, porque el director Daniel Rosenfeld y su actriz y coguionista Eugenia Capizzano tomaron uno de los relatos más elusivos y exigentes de Silvina Ocampo y lo hicieron respetando casi línea por línea cada uno de sus diálogos, sobre los que se construye toda la estructura del cuento. Y la más lograda, porque al asumir esa literalidad esencial de su fuente no han resignado ninguna de las potencialidades del cine. Por el contrario, se diría que las reencontraron desde el lugar más impensado, desde la palabra, que aquí reencarna en la imagen.
La extrañeza esencial y la sutil perversidad del universo de Silvina Ocampo podían encontrarse hasta ahora solamente en el cine de Lucrecia Martel, que nunca adaptó ninguno de sus textos pero siempre pareció dejarse impregnar por ellos. El acercamiento del film de Rosenfeld es completamente diferente, porque recurre a la fuente directa, pero esa fidelidad no está entendida como sumisión al texto, sino como la manera de apropiarse de un mundo y materializarlo de un modo sorprendente, a fuerza de un conocimiento profundo de la obra y de un sinfín de detalles que hacen al todo, al punto que la película parece “habitada” por el cuento. O incluso como si el cuento ahora pudiera leerse como el guión publicado a posteriori del film.
Como ya sugiere el título del relato, hay algo de Lewis Carroll en la aventura de Cornelia, cuando inicia un diálogo consigo misma frente al espejo y decide suicidarse, casi como un gesto de coquetería, con “cierta crueldad inocente u oblicua”, como definía Borges a la literatura de Ocampo. El film de Rosenfeld resuelve muy bien este primer tramo, con otra actriz –otro rostro, otro cuerpo (el de Eugenia Alonso)– que asoma detrás del azogue del espejo en el que Cornelia cree reflejarse. Ese espacio fantasmático que se abre a partir de allí no hará sino profundizarse: la realidad se trasmuta y paulatinamente esa vieja casona familiar, plagada de objetos y recuerdos, funcionará como una usina de espectros. Una niña inquietante, que habla de muñecas y piedras preciosas (¿o “esmeralda” hará referencia a la calle con nombre de joya?), un ladrón obsesionado con abrir una caja fuerte que lleva en su cerradura la marca “Borges” (Rafael Spregelburd), un amante que dice haberle dado un beso que Cornelia no recuerda (Leonardo Sbaraglia). A todos, ella les va pidiendo que la maten, pero como en un sueño –o peor aún, una pesadilla– le niegan una y otra vez ese capricho.
Es notable la manera en que Eugenia Capizzano encarna a su personaje, al punto que la actriz, sin desaparecer, sólo permite ver a Cornelia, con sus dubitaciones y desplantes, con esa indecible melancolía que aflora detrás de su juventud y su sonrisa. Se diría incluso que en su interpretación está también la dramaturgia del film, como si esos diálogos que no fueron escritos para ser representados encontraran de pronto en ella la manera de ocupar el espacio y el tiempo.
A esa precisión, Rosenfeld –con la colaboración inestimable de Matías Mesa en fotografía– le suma la suya propia desde la puesta en escena, siempre abierta a la ambigüedad, al misterio. Se diría que su modelo estético es ése que sugieren los collages de Max Ernst (provenientes de su libro Una semana de bondad) que ilustran los créditos iniciales: una realidad transfigurada, onírica, inquietante, hecha de ensoñaciones, temores y deseos sin tiempo.
-CORNELIA FRENTE AL ESPEJO
(Argentina/Holanda, 2012).
Dirección: Daniel Rosenfeld.
Guión: Daniel Rosenfeld y Eugenia Capizzano, sobre el relato homónimo de Silvina Ocampo.
Fotografía: Matías Mesa.
Música: Jorge Arriagada.
Intérpretes: Eugenia Capizzano, Leonardo Sbaraglia, Eugenia Alonso y Rafael Spregelburd.

MONTENEGRO, DOCUMENTAL DE OBSERVACION DE JORGE GAGGERO


Los trabajos y los días de un viejo pescador



Por Horacio Bernades

En su anterior documental, Vida en Falcon (2005), Jorge Gaggero, realizador de Cama adentro, filmaba a dos marginales que eran, a la vez, dos personajes (dicho esto tanto en sentido dramático como coloquial). En los antípodas del enfoque sociológico tradicional, Gaggero celebraba implícitamente la libertad de unos tipos que de algún modo habían elegido vivir en la calle, haciendo de un auto destartalado su casa. Siete años más tarde, el realizador, autor de uno de los cortos destacados de las primeras Historias breves (Ojos de fuego, el del pibe pirómano de villa), vuelve a filmar a otro sujeto que vive al margen de la civilización. La diferencia es que mientras Orlando y Luis eran dos personajones, rodeados de seres igualmente exuberantes, Juan de Dios Manuel Montenegro es un ermitaño hosco, hermético, de escaso relieve. O tal vez es que esta vez Gaggero no pudo hallarlo o dárselo.
Viejo pescador de algún rincón del Litoral, Montenegro sostiene que tiene “muchas amistades, pero amigos no”. A esta altura del partido no parece que los vaya a tener. Sin abusar del esfuerzo (“de laburo sé todo; que lo quiera hacer es otra cosa”), Montenegro vive en una tapera casi tan caótica como la de los protagonistas de Bonanza, en compañía de unos perros y saliendo todos los días en un bote prestado, a tirar la red en las inmediaciones. “Con esto tengo para toda la semana”, celebra como para sí mismo el día que saca un pez de buen porte. El que le presta el bote es un vecino, César, que tiene unos chanchos y cría abejas. Montenegro suele prepararle la cena, en compensación por el préstamo, pero un día tienen una disputa y César no aparece más. “¡Viejo puto!”, grita Montenegro en medio de la noche. Un problema circulatorio lleva al viejo hasta un hospital de las inmediaciones, pero mucho no va a aguantar el encierro. “Es que soy andariego”, dice el hombre, que cuando se baña y afeita queda irreconocible.
Si Vida en Falcon era uno de esos documentales marcados por la confiada intimidad que los filmados establecen con quien los filma, el solitario pescador impone aquí una distancia que obliga a Gaggero a adoptar las formas del documental de observación. Presentada el año pasado en el DocBsAs, Montenegro observa sin forzar nada. Ni el acercamiento al protagonista, ni la información que no surja de la propia situación (aunque en un par de ocasiones el realizador hace una o dos preguntas, desde detrás de cámara) ni las condiciones lumínicas. En las noches, cuando lo único con lo que se cuenta es, con suerte, la luz de una vela, las formas apenas se entrevén. Está bien que sea así: así son las noches. Siguiendo tal vez la misma lógica, como Montenegro no desparrama entusiasmo, energía o vitalidad, la película tampoco lo hace.
-MONTENEGRO
Argentina, 2012
Dirección y guión: Jorge Gaggero, con colaboración de Roberto Barandalla.
Fotografía: Daniel Ortega y J. Gaggero.
Edición: Alejandro Brodersohn.
Música: Sebastián Escofet.
Estreno en los cines Gaumont y Cosmos-UBA.

LA ARAÑA VAMPIRO, DE GABRIEL MEDINA


Terror, mito y aventura

El opus 2 del director de Los paranoicos logra generar un malestar casi imperceptible pero certero. El malestar que da el no saber del todo qué es lo que a lo largo del recorrido les sucede al protagonista y, con él, también al espectador.
Por Horacio Bernades



En el primer plano de La araña vampiro, el protagonista despierta. Pero no parece hacerlo del todo. En el último plano, simétrico al primero, su expresión deja traslucir que ha vuelto a despertar, pero ahora de modo más hondo, más pleno, más duradero seguramente. Entre un plano y otro, algo sucedió. Jerónimo ha navegado entre la realidad y el sueño, sin saber del todo dónde termina una y empieza otro. Y con él el espectador, que tampoco sabrá a ciencia cierta hasta qué punto se halla frente a un film realista o uno fantástico, un drama disfuncional o una comedia alleniana, un relato de iniciación o uno de aventuras, un western del criollo oeste o una de terror con monstruo y todo. Sin el menor énfasis o subrayado, sin “inflar” el sentido o la tensión mediante golpes de efecto, La araña vampiro –opus 2 de Gabriel Medina y ganadora de dos premios en la última edición del Bafici– logra generar un malestar casi imperceptible, pero certero. El malestar que da el no saber del todo, el andar medio a tientas, que es lo que a lo largo del recorrido les sucede a Jerónimo y el espectador.
Lidiar con la neurosis, vencer el miedo, salir al mundo, crecer, parecen ser los temas de Medina, a la luz de su nueva película y de la anterior, Los paranoicos (2008). Por suerte no los plantea confundiendo cine y psicoanálisis, ficción y autoayuda, sino echando mano de herramientas específicamente cinematográficas. Tradicionalmente cinematográficas, se diría, teniendo en cuenta el carácter sistemático con que este treintañero, graduado de la FUC, recurre al cine de género. Pero lo hace de un modo que no tiene nada de tradicional. En Los paranoicos, la comedia romántica aparecía virada al negro, trabajando el tema del Otro desde un lugar pesadillesco. Ahora se trata de cruzar géneros, hibridarlos y confundirlos. Pero no con el gesto veleidoso del que quiere recibirse de moderno, sino de modo estrictamente funcional. Un veinteañero (Martín Piroyansky, ganador del Premio al Mejor Actor en el Bafici por este papel) y su padre Antonio (Alejandro Awada) llegan a una cabaña para pasar unos días. Antonio quiere acortar distancias con Jerónimo que, además de consumir psicofármacos, parece visiblemente ansioso, temeroso, seguramente sin una razón concreta. Enseguida la tendrá: una araña, demasiado grande y peluda como para no tenerle miedo, lo pica en su cama. La picadura, anuncia un vecino de la zona, es mortal.
Un primer mérito del guión, escrito por Medina junto a Nicolás Gueilburt (que ya había colaborado con él en Los paranoicos), es su manejo de las elipsis, que dan mucho lugar al espectador para llenar los agujeros de información. No se sabe a qué se dedican Jerónimo ni su padre, ni por qué motivo el muchacho no las tiene todas consigo, ni por qué no viajaron hasta allí con la mamá, ni cuánto tiempo piensan quedarse, ni dónde están exactamente. El paisaje de piedra y sierra, la sequedad, la vegetación achaparrada hacen pensar en Córdoba o San Luis. No importa, como no importa nada de todo lo otro que “falta”. Como en un western de Budd Boetticher (representante de la sequedad por excelencia en el género), lo único que importa es lo esencial. Y lo esencial es el viaje que Jerónimo deberá hacer. Viaje literal, en busca de una araña igual a la que lo picó, única cura según la gente del lugar. Viaje metafórico, en el que deberá enfrentar sus peores miedos, recurriendo a los métodos más extremos: la araña deberá picarlo en el ojo para curarlo. Y el ojo es, en cine, el órgano más vital y más frágil.
“Subir a la montaña, buscar un guía/Bajar de la montaña, volver a la ciudad”, dice la cita de Jack Kerouac que abre la película. El guía, el baqueano, es Jorge Sesán, el rubio de Pizza, birra, faso, enorme acierto de casting de Medina & Cía. Huraño hasta la mudez más tozuda, de físico tan rotundo como para cargar al herido (o cagarlo a trompadas, según el caso), lo suficientemente agresivo como para que su sola presencia sea temible y, encima, alcohólico que también deberá atravesar su propio vía crucis cuando la botella se le termine, Ruiz es, seguramente, el personaje más de western de La araña vampiro. Puede ser que Medina se ciña tanto a lo mínimo que en algunas zonas (el personaje de Ailín Salas, parte del viaje hacia el nido de arañas) el relato adelgace demasiado. Pero es tan bueno e inusual el final de La araña vampiro, tan infrecuentemente primario para el urbanizado canon del cine argentino, tan lanzado al terror, el mito y la aventura (la caverna, las arañas, esa que monta de a poco el cuerpo exánime del héroe, todo remeda una versión seria de Indiana Jones), tan redondo el remate, en sentido visual y filosófico (para conservar la vida habrá que ceder algo esencial), que esos reparos quedan definitivamente atrás.
LA ARAÑA VAMPIRO Argentina, 2012
Dirección: Gabriel Medina.
Guión: G. Medina y Nicolás Gueilburt.
Fotografía: Lucio Bonelli.
Edición: Nicolás Goldbart y Flor Efron.
Intérpretes: Martín Piroyansky, Alejandro Awada, Jorge Sesán, Ailín Salas y Ricardo “Archi” Hart.

LOS SALVAJES, PRODUCIDA POR LA UNION DE LOS RIOS


Parábola moral, física y visual

Cinco adolescentes que se fugan de un instituto de menores son el centro de un relato de iniciación, en el que el director Alejandro Fadel se enfrenta al problema de mostrar en pantalla los procesos metafísicos de sus personajes.

Por Ezequiel Boetti
No la tenía fácil Alejandro Fadel. Como si fuera insuficiente el desafío de realizar una película de más dos horas de duración –el corte original era de 130 minutos; éste es de 119– por fuera de los mecanismos habituales de financiación del Incaa, Los salvajes está producida por La Unión de los Ríos, misma compañía detrás del éxito de El estudiante, de Santiago Mitre. Por si fuera poco, ambos debutantes llegaron prohijados por sus trabajos previos en los guiones de varios films de Pablo Trapero, hecho que abría aún más las puertas para una potencial comparación. Pero Fadel esfuma toda esa matriz en común con una película de infinitos matices cuyos únicos puntos en común con El estudiante son la construcción de una enorme maquinaria narrativa y el zarandeo de los cánones tradicionales de ese compendio muchas veces inabarcable que es el cine argentino.
Un adolescente visiblemente tensionado susurra rezos con las manos entrecruzadas, otro saca un arma envuelta en un nylon de un pozo de agua, un tercero observa agazapado a través de una ventana enrejada y, finalmente, todos los anteriores y algunos más se echan miradas cómplices durante la oración previa a un almuerzo en un comedor comunitario, rodeados de decenas de otros jóvenes tan chicos como ellos o más. Los primeros tres minutos de Los salvajes son un resumen casi perfecto de lo que vendrá: sofisticación clásica, vocación por narrar a través de imágenes y no de parlamentos, y la requisitoria de un espectador atento, todo atravesado por el misticismo y el peso de la religión. Lo primero y segundo se manifiesta en la entrega dosificada de la información justa y necesaria para construir las coordenadas espaciales y circunstanciales del relato: un quinteto de chicos planea el escape de un instituto de menores ubicado en un terreno inhóspito, con escasos vestigios de urbanización alrededor (de allí una de las posibles interpretaciones del título). La secuencia de la fuga termina con uno de ellos baleando a un guardia-perseguidor en el patio. La cámara lo muestra a través de un plano general estático, configurando así una imagen similar al punto culminante de la escena del tractor que abría Historias extraordinarias, quizá la depuración máxima del cine como maquinaria narrativa surgida de estas tierras.
Una vez afuera, el quinteto –cuatro chicos y una chica– caminará largos días por terrenos serranos con un rumbo inicialmente desconocido para el espectador, pero que se develará con el correr de los minutos. Articulado como un western, el recorrido funciona como disparador de tensiones grupales, pero también como abono para el florecimiento de la sensibilidad lúdica escondida bajo una coraza impuesta por la falta de contención emocional, tendencia perceptible sobre todo en el personaje femenino. Basta ver cómo actúa ante un vestido o la explicación de los tatuajes que le da a un compañero mientras retoza desnuda junto a él. “Esta es una Glock semiautomática. Es como la del Counter, ¿viste?”, dirá. Allí está, entonces, la inocencia de la niñez resquebrajando al salvajismo corruptor, segunda interpretación posible del título, quizá la más dual, discutible y, por lo tanto, interesante: lo salvaje equiparado con lo marginal y la baja cultura, sí, pero todo retratado como si no hubiera otra posibilidad ante un mundo que no brinda respuestas a la incertidumbre de un futuro. De esta forma, Los salvajes sería el relato de iniciación que incluye no sólo el recorrido, sino también la búsqueda de un punto de llegada, de una alternativa ante esa suerte de destino manifiesto.
El problema pasa, entonces, por cómo mostrar en pantalla esos procesos enteramente metafísicos. Y es a partir de las decisiones tomadas por Fadel (el primer plano de un cielo nublado después de una muerte será el primero) en esta encrucijada donde Los salvajes empieza a empantanarse. Como las criaturas que la habitan, la historia va pasando de la exultación de la mitad inicial a la introspección, configurando un dispositivo de ambición creciente. Así, cargada de simbolismos, Los salvajes construye una parábola no sólo moral y física para sus protagonistas, sino también visual: de la sequedad y frialdad de un thriller de los ’70 al misticismo y la fantasía del último Malick.


-LOS SALVAJES
Argentina, 2012.
Dirección y guión: Alejandro Fadel
Fotografía: Julián Apezteguía
Música: Sergio y Santiago Chotsourian
Edición: Andrés Estrada y Delfina Castagnino
Intérpretes: Leonel Arancibia, Roberto Cowal, Sofía Brito, Martín Cotari, César Roldán y Ricardo Soule

miércoles, 3 de octubre de 2012

“Hecho en México”, un documental sobre la identidad mexicana


Con la colaboración de Daniel Giménez Cacho, Chavela Vargas, Café Tacuba, Carla Morrison, Kinky, Juan Villoro, Alejandro Fernández, Diego Luna, Lila Downs, Molotov, Laura Esquivel, Julieta Venegas, entre muchos otros artistas, Duncan Bridgeman lleva a la pantalla grande el documental Hecho en México.
En este trabajo se busca reflejar lo que significa ser mexicano en estos tiempos de grandes cambios y celebrar que la identidad mexicana es una poderosa familia. El resultado es una reflexión inspiradora y a ratos cómica, sobre lo que es la Mexicanidad hoy en día.

Hecho en México

Documental 100 min.Estreno
México2012 35 mm
Es una colaboración entre las mentes mexicanas más creativas, donde se combinaron nombres famosos con aquellos héroes desconocidos de todo el país. Reflejando lo que significa ser mexicano en estos tiempos de grandes cambios y celebrando que la identidad mexicana es una poderosa familia. El resultado es una reflexión inspiradora y a ratos cómica, sobre lo que es laMexicanidad hoy en día.
  • Dirección: Duncan Bridgeman
  • Producción: Lynn Fainchtein
  • Fotografía: Lorenzo Hagerman, Alexis Zabé
  • Edición: Miguel Musálem, Gregory W. Allen, Adrián El Cachi Parisí
  • Sonido: Andrew Donaldson
  • Música: Duncan Bridgeman
  • Reparto: Diego Luna, Lila Downs, Daniel Giménez Cacho, Chavela Vargas, Rubén Albarrán, Residente Calle 13


En entrevista la productora, Lynn Fainchtein habló sobre la película `Hecho en México`, dijo que es una cinta que pone a los mexicanos a hablar y cantar acerca de temas universales, comentó que hay músicos de todos los colores y sabores, además de personajes y cabezas parlantes hablando sobre temas como la muerte, el nacimiento, la realidad, el sacrificio, la muerte, las adicciones, la virgen de Guadalupe entre otras cosas…





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martes, 2 de octubre de 2012

ADIOS A OCTAVIO GETINO, REALIZADOR, INVESTIGADOR Y DOCENTE


Un hombre que hizo cine con la pluma y la palabra

Compañero de ruta de Pino Solanas en la aventura que significó la materialización de La hora de los hornos, Getino fue uno de los fundadores del Grupo Cine Liberación y un pensador del cine latinoamericano, al que le dedicó numerosos libros.
Por Luciano Monteagudo

Su nombre quedó inexorablemente ligado al de Fernando Solanas, como coautor de La hora de los hornos (1966-1968), la película política más influyente de toda la historia del cine latinoamericano. Pero Octavio Getino –fallecido ayer en Buenos Aires a los 77 años, de un cáncer– deja una obra amplia, que va más allá de esa referencia insoslayable. Como ensayista, guionista, director e incluso como docente y funcionario, Getino –que se definía a sí mismo como “investigador de medios de comunicación y cultura”– dedicó su vida simultáneamente al cine y a la reflexión política, logrando que ambos campos fueran para él sólo uno y el mismo.
Nacido en la ciudad de León, en la provincia de Castilla y León, España, el 6 de agosto de 1935, en la década del ’50 partió con rumbo a la Argentina, escapando de la dictadura franquista, y en 1964 ganó los premios del Fondo Nacional de las Artes y Casa de las Américas de Cuba por su libro de cuentos Chulleca, publicado por la editorial La Rosa Blindada. Entre sus múltiples tareas de su juventud, que precedieron a su incorporación al cine militante, mencionaba la de trabajador metalúrgico, lavacopas y periodista.
“Uno de esos encuentros que dejan huella en la vida de un hombre y lo estimulan a crear y a experimentar”, describió alguna vez Solanas su amistad con Getino, iniciada hacia 1963. Tres años después, en el momento en que Solanas y Getino iniciaban la realización de La hora de los hornos, el golpe militar de Juan Carlos Onganía derrocaba al gobierno civil de Arturo Illia anticipándose así a las elecciones de 1967, en las que se presumía que el peronismo, largamente proscripto, saldría ganador. El film pasó, entonces, a rodarse en condiciones de clandestinidad (con la productora publicitaria de Solanas como cobertura), situación que determinó la radicalización definitiva y extrema de su discurso, en la medida en que la película se tuvo que hacer no sólo al margen de las estructuras de producción convencionales, sino también de los controles policiales de la dictadura.
Durante dos años, Solanas y Getino recorrieron el país, grabando entrevistas y filmando con una cámara de 16mm sin sonido sincrónico, con el propio Solanas la mayoría de las veces como operador. Montado y sonorizado en Italia, a donde el material original llegó clandestinamente, La hora de los hornos tuvo su estreno en el Festival de Pesaro en junio de 1968, donde no sólo se llevó el premio principal, sino que se convirtió en un acontecimiento político-cultural. Todavía no había pasado ni siquiera un mes de las célebres revueltas del Mayo francés y la llama de París recién comenzaba a esparcirse por toda Europa. En ese contexto, la aparición de un film latinoamericano como La hora de los hornos, que era un declarado llamamiento a la revolución y concluía su primera parte con un plano fijo y sostenido del rostro del Che Guevara (de cuyo asesinato no se había cumplido un año), causó una verdadera conmoción en el campo del cine, que por esos días se cuestionaba no sólo su lenguaje, sino también su función social.
Esta nueva relación con el cine es la que se propuso establecer el Grupo Cine Liberación, formado al calor de la praxis durante el rodaje de La hora de los hornos y cuya primera declaración tuvo expresión pública en mayo de 1968, para acompañar el lanzamiento del film. Integrado por Solanas, Getino, el realizador tucumano Gerardo Vallejo y el productor Edgardo Pallero, Grupo Cine Liberación desarrolló un proceso de elaboración teórica a partir de la práctica, que derivó en el famoso manifiesto titulado “Hacia un Tercer Cine”, un texto de valor programático, que revisaba de manera drástica las relaciones entre cine y política y establecía caminos a seguir.
Como más tarde señaló Getino, que fue esencial en la redacción de ese manifiesto, “dividíamos la producción cinematográfica en distintos niveles, referidos no a la especificidad del cine mismo, sino a los proyectos que cada nivel traducía o expresaba”. Así, el Primer Cine era el que respondía al modelo imperial hollywoodense; el Segundo Cine aquel cine de autor “presuntamente independiente” y por lo tanto meramente reformista e incapaz de modificar las relaciones de fuerza con el sistema dominante (asociado en la Argentina con el denominado Nuevo Cine de la generación del ’60); y el Tercer Cine, “un cine de destrucción y de construcción. Destrucción de la imagen que el neocolonialismo ha hecho de sí mismo y de nosotros. Construcción de una realidad palpitante y viva, rescate de la verdad nacional en cualquiera de sus expresiones”.
El manifiesto “Hacia un Tercer Cine” tuvo poco después su continuación en una nueva propuesta titulada “Cine militante: una categoría interna del Tercer Cine”, que pretendía aclarar algunos aspectos que podían ser mal interpretados del texto original y donde se hacía distinción expresa de que “cine militante es aquel cine que se asume integralmente como instrumento, complemento o apoyo de una determinada política”. El Grupo Cine Liberación tuvo oportunidad de poner en práctica esta categoría interna del Tercer Cine con los documentales filmados en Madrid con Juan Domingo Perón y producidos por el Movimiento Peronista: Actualización política y doctrinaria para la toma del poder y La revolución justicialista, ambos realizados en 1971.
El primer film es una larga entrevista donde no hay más imágenes que las del propio Perón y los títulos que dividen las tres partes en que se compone la película (“El justicialismo, la identificación del enemigo y la unidad”; “Conducción política y guerra integral”; “El trasvasamiento, la organización y el socialismo nacional”). En el segundo film, Perón procede a historiar el nacimiento y desarrollo del justicialismo y el relato está acompañado por materiales de archivo.
Rodados en la quinta de Puerta de Hierro de Madrid por Getino y Solanas, con ayuda técnica del español Elías Querejeta (productor de Carlos Saura y Víctor Erice, entre muchos otros), ambos films tenían como objetivo común provocar una catarsis política al ofrecer una comunicación masiva con la palabra y, principalmente, con la imagen de Perón, a quien por entonces lo separaban de la Argentina 17 años de exilio. En el orden interno, con estos dos documentos Cine Liberación se propuso enterrar el divismo individualista del artista liberal y fundir su acción en un grupo sometido a la operatividad de una organización política.
Este procedimiento, que respondía a la categoría específica de “cine militante”, no impidió que casi simultáneamente el Grupo Cine Liberación se dedicara a El camino hacia la muerte del viejo Reales, primer largometraje dirigido por Gerardo Vallejo, testimonio de una familia campesina tucumana, víctima clásica de la explotación azucarera, realizado con la colaboración en el guión de Getino y Solanas, que también contribuyeron a su producción. Otros dos largometraje llevarían en los títulos la marca del Grupo Cine Liberación: Los hijos de Fierro, iniciado por Solanas en 1972 y finalizada recién cinco años después en el exilio, y El familiar, el único largometraje dirigido en soledad por el propio Getino.
Rodada en Salta y Tucumán en 1972, con guión de Getino y Jorge Hönig y la participación de algunos actores emblemáticos de la época, como Emilio Alfaro, Hugo Alvarez y Víctor Proncet (estos dos últimos participaron también, en 1973, de Los traidores, de Raymundo Gleyzer), El familiar propuso una compleja operación simbólica: se trataba de leer viejas leyendas populares del noroeste argentino desde un punto de vista político. Zupay (el diablo) hacía un pacto con un terrateniente, que sería rico a cambio de venderle las almas de sus peones a un misterioso personaje que adoptaba distintas formas, llamado El Familiar. “Desarrollo fílmico muy ambicioso y espectacular, uno de los films más extraños, fascinantes y críticos sobre las culturas populares”, escribió el crítico Agustín Mahieu en La Opinión, cuando el film finalmente llegó a su estreno comercial, en octubre de 1975.
De hecho, Getino mismo “liberó” su propio film, junto a decenas de otros títulos hasta entonces prohibidos, cuando en 1973 el gobierno recién asumido de Héctor J. Cámpora lo convocó como interventor del llamado Ente de Calificación Cinematográfica, un organismo tristemente célebre que institucionalizó la censura en la Argentina. Al frente del ente, Getino hizo exactamente lo contrario: abrió generosamente las compuertas para todo tipo de películas, entre ellas Ultimo tango en París, de Bernando Bertolucci, que fue un caso célebre, porque después de su autorización fue retirada casi inmediatamente de cartel por una presentación judicial.
“La guerra por Ultimo tango partió, como otras tantas guerras conocidas y desconocidas, del conocido sector cavernícola de la Iglesia, totalmente enfurecido porque alguien ajeno a sus filas se había hecho cargo –sin su autorización– del sello Ente que supieron y pudieron construir a través de los años (y de los siglos)”, recordaba Getino en un e-mail que le envió a José Pablo Feinmann para su obra Peronismo - Filosofía política de una persistencia argentina. “Los ejecutores del pedido de mi detención, expropiación de bienes (no tenía un mango y para salir del país hasta el bueno de Torre Nilsson aportó unos mangos para mi pasaje a Lima) y mi extradición fueron algunos fiscales que concurrieron a ver la película al cine donde apenas estuvo dos semanas (creo) y ordenaron su secuestro y el inicio de acciones judiciales contra todos los que estábamos en el ente.”
Con el golpe militar de marzo de 1976, Getino se exilió primero en Perú y luego en México, donde comenzó a desarrollar una amplia tarea como investigador de medios de comunicación y cultura. Entre sus muchos libros publicados se destacan El capital de la cultura: Las industrias culturales en Argentina y en la integración Mercosur, Cine iberoamericano: los desafíos del nuevo siglo y Cine argentino: entre lo posible y lo deseable.
Con la vuelta de la democracia, regresó al país y dirigió en 1987 una investigación sobre “Incidencia del video en las cinematografías de siete países latinoamericanos”. Fue director del Instituto Nacional de Cine entre 1989 y 1990 y en 1992 estuvo a cargo del primer estudio realizado en América latina sobre “Dimensión económica y políticas públicas de las industrias culturales”. Se desempeñó como docente en cursos de posgrado en Flacso (filial Buenos Aires) y en la Universidad Nacional de Tres de Febrero y fue consultor de organismos internacionales (Unesco, PNUD, FAO y Pnuma) en temas de medio ambiente, comunicación y cultura en varios países de América latina (Argentina, México, Perú y Costa Rica). Entre 2004 y 2007 coordinó el Observatorio de Industrias Culturales (OIC) de la Ciudad de Buenos Aires y el Observatorio Mercosur Audiovisual (OMA) de los organismos nacionales de cine de la región.

CINE ARGENTINO. ENTRE LO POSIBLE Y LO DESEABLE.


lunes, 1 de octubre de 2012

Falleció el cineasta Octavio Getino

El director, de 77 años,  fue uno de los máximos referentes del cine político y social de los 60 y los 70. Codirector junto a Pino Solanas de "La hora de los hornos", sus encuentros con Perón quedaron documentados en "Perón: Actualización política y doctrinaria para la toma del poder". 

http://www.clarin.com/espectaculos/cine/Fallecio-cineasta-Octavio-Getino_0_784121747.html




A los 77 años, falleció el cineasta Octavio Getino, uno de los máximos referentes del cine político y socialde las décadas del 60 y 70 en la Argentina a causa de un cáncer. La noticia la confirmó el director y productor Nemesio Juárez. 
Vinculado al peronismo de izquierda, realizó en 1969 de forma clandestina el documental La hora de los hornos junto a Pino Solanas. 
Dos años después, los cineastas entrevistaron a Juan Domingo Perón, exiliado en Puerta de Hierro, España. Esos encuentros quedaron plasmados en los documentales Perón, la revolución justicialista y Perón: Actualización política y doctrinaria para la toma del poder, convirtiéndose en uno de los documentos audiovisuales más extensos de Perón, donde expone lo esencial de su pensamiento.
Junto a Solanas y Gerardo Vallejo fundó el Grupo Cine Liberación, organización que formó parte del movimiento del Tercer Cine, del que formaron parte el Cine de la Base de Raymundo Gleyzer, el Cinema Novo y el Cine Revolucionario cubano. Todos ellos proponían un uso del arte cinematográfico como herramienta política, fuertemente comprometido con los conflictos sociales y con la militancia.
El también narrador e investigador de origen español, nacido en la ciudad León el 6 de agosto de 1935, con su libro "Chulleca" ganó en 1963 el Premio Casa de las Américas.
Juárez indicó que el velatorio, probablemente, se realizará "a partir de esta tardecita en la sede de la Escuela Nacional de Experimentación y Realización Cinematográfica (ENERC)".
(Fuente: Télam)


*Director de cine y TV e investigador de medios de comunicación y cultura, Octavio Getino fue coordinador Regional del Observatorio del Cine y el Audiovisual Latinoamericano de la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano (OCAL-FNCL).
*Entre 2004 y 2007 reguló el Observatorio de Industrias Culturales (OIC) de la Ciudad de Buenos Aires y el Observatorio Mercosur Audiovisual (OMA) de los organismos nacionales de cine de la región.
*Dirigió en 1987 una investigación sobre “Incidencia del video en las cinematografías de siete países latinoamericanos”. En 1992 estuvo a cargo del primer estudio realizado en América Latina sobre “Dimensión económica y políticas públicas de las industrias culturales”.
*Coautor con Fernando Solanas del largometraje “La hora de los Hornos” (1968) y cofundador de los “Grupos de Cine Liberación” en Argentina, en 1968. Codirector con Solanas y Gerardo Vallejo de los documentales realizados con el Gral. Perón en Madrid “La Revolución Justicialista” y “Actualización Política y Doctrinaria” (1971). Coguionista de “El Camino hacia la muerte del Viejo Reales”. Director del largometraje de ficción “El familiar” (1974).
*Obtuvo en 1964 el Premio Casa de las Américas, de Cuba y el del Fondo Nacional de las Artes, con “Chulleca”, en el género libro de cuentos.
*Fue Director del Instituto Nacional de Cine entre 1989 y 1990 y Director del Ente de Calificación Cinematográfica en 1973.
*Docente en cursos de posgrado en FLACSO, filial Buenos Aires y en la Universidad Nacional Tres de Febrero.
*Consultor de organismos internacionales (UNESCO, PNUD, FAO y PNUMA) en temas de medio ambiente, comunicación y cultura en varios países de América Latina (Argentina, México, Perú y Costa Rica).
*Ha publicado numerosos trabajos sobre temas del cine, la cultura y la comunicación latinoamericana y argentina. Entre sus libros más recientes, figuran: “El capital de la cultura: Las industrias culturales en Argentina y en la integración MERCOSUR”; “Cine iberoamericano: los desafíos del nuevo siglo”; “Cine argentino: Entre lo posible y lo deseable”; “Turismo: entre el ocio y el neg-ocio”, “Chulleca” (cuentos, reedición ampliada).