lunes, 6 de enero de 2014

Humala carga contra la concentración de medios

EL PRESIDENTE DE PERU CALIFICO COMO “UNA VERGÜENZA” EL MONOPOLIO MEDIATICO QUE EJERCE EL GRUPO EL COMERCIO

El Comercio tiene nueve diarios de circulación nacional y controla el 80 por ciento de la prensa escrita. Humala dijo que “por ahora no es ilegal”, dando a entender que haría algo. Algunos expertos se muestran escépticos.

Por Carlos Noriega
Desde Lima
La peligrosa concentración de los medios de prensa en manos de un poderoso grupo económico, y lo que esto representa como amenaza a la pluralidad informativa y la libertad de expresión ha saltado en estos días al centro del debate político. El presidente Ollanta Humala y el Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa abrieron el debate. En una entrevista, Humala calificó como “una vergüenza” la concentración de medios que se da en el país y advirtió que era “peligrosa para la libertad de expresión”. Ese mismo día, en una entrevista publicada en el diario La República, Vargas Llosa señaló que esta situación representa “una amenaza potencial muy grande contra la democracia”. El presidente Humala dijo que compartía lo dicho por el escritor y cerró sus declaraciones con una afirmación que parecía anunciar una acción del gobierno frente a esta situación: “Por ahora no es ilegal”, dijo, al referirse a la concentración de la mayor parte de los medios en el grupo El Comercio. Pero el gobierno no ha pasado de las declaraciones del presidente a la acción.
El Comercio, que no solamente es el grupo mediático más grande del país sino un importante grupo económico con intereses en diversos sectores y grandes contratos con el Estado, tiene nueve diarios de circulación nacional y controla el 80 por ciento de la prensa escrita, es propietario del canal con mayor sintonía de la televisión abierta y del más importante canal de noticias por cable. Consolidó su dominio mediático en agosto de 2013, cuando adquirió la mayoría de acciones del grupo Epensa, propietario de cuatro diarios. Ocho periodistas han presentado una demanda judicial para anular esta operación de compra, argumentando que al producir una casi monopólica concentración de medios viola los derechos constitucionales a la libertad de expresión y al pluralismo informativo. Desde el dominio mediático que tiene, el grupo El Comercio ha impuesto una línea editorial e informativa marcada por una cerrada defensa de las políticas neoliberales. A través de sus medios informativos, que tienen al diario El Comercio como su buque insignia, este grupo económico ejerce una constante presión sobre el gobierno de Humala, al que mantiene jaqueado, para que no mueva un centímetro las políticas neoliberales. El gobierno ha mostrado poca capacidad de reacción y resistencia frente a las críticas y las presiones, y en más de una ocasión ha retrocedido en alguna decisión que lo puso en la mira de los medios. El gran retroceso se dio en la primera etapa del gobierno, cuando un Humala presionado por los medios y los grupos económicos renunció a lo fundamental de su programa progresista.
“Las declaraciones del presidente Humala contra la concentración de medios parecen reflejar su hartazgo frente a la situación actual, en la que hay una especie de dictadura mediática”, le declaró a PáginaI 12 Alberto Adrianzén, sociólogo y parlamentario andino. Humala recibió como respuesta los duros ataques del conglomerado mediático, a los que se sumaron los otros medios televisivos. La oposición de derecha, muy cómoda con la línea impuesta por El Comercio, cerró filas en defensa de este grupo. Todos recurrieron al mismo discurso: acusaron a Humala de amenazar la libertad de prensa por hablar de la necesidad de regular la propiedad de los medios para evitar su concentración en un grupo económico. En el gobierno nadie salió a respaldar las declaraciones del presidente. Nadie del oficialismo defendió la postura, a la que apuntaba Humala con sus declaraciones, de que la verdadera amenaza a la libertad de prensa está en la concentración de medios y no en una eventual regulación que evite esa concentración.
“Todos le tienen miedo al inmenso poder mediático de El Comercio”, asegura Adrianzén, quien advierte de “un pacto de impunidad” entre este grupo mediático y partidos como el Apra, del ex presidente Alan García, acusado por corrupción y por indultar a centenares de narcotraficantes, y el fujimorismo, que busca presionar para lograr la excarcelación del ex dictador Alberto Fujimori, para defenderse mutuamente. “Hay que ver si Toledo también entra a la negociación de este pacto de impunidad”, señala Adrianzén. El ex presidente Alejandro Toledo también está acusado de corrupción.
En respuesta a los ataques de los medios y de la derecha, el primer ministro, César Villanueva, minimizó las declaraciones del presidente. Dijo que lo dicho por Humala era “solamente una declaración” y aseguró que el gobierno no impulsará una ley para evitar la concentración de medios. Otros ministros declararon en el mismo sentido. Humala insistió en criticar la concentración de medios, pero, sin respaldo al interior de su propio gobierno, aclaró que no tiene como una prioridad sacar adelante una ley para evitarla y pidió que el tema sea visto en el Congreso. Ahí tampoco encontró apoyo en su bancada. Voceros del oficialismo respondieron, desmarcándose del mandatario, asegurando que ellos no presentarán en el Parlamento una propuesta de ley sobre este asunto.
“Humala tiene el coraje para declarar criticando la concentración de medios, pero no tiene el coraje ni la fuerza para cambiar esa situación. Estamos ante un presidente debilitado, aislado, sin la fuerza para llevar a los hechos lo que ha declarado”, dice Adrianzén.

domingo, 5 de enero de 2014

Cine Mexicano Gratis

¿Sabías que puedes ver películas en la página web de la#FilmotecaUNAM totalmente gratis? 

La vida en México: 18 lustros y una década

En esta serie producida por la Universidad, se da cuenta en períodos de cinco años y un último de diez, del desarrollo económico, político, social y cultural de México con imágenes que van desde la Revolución Mexicana, el nacionalismo en el gobierno de Lázaro Cárdenas, el movimiento estudiantil de 1968, la catástrofe del terremoto de 1985 en la Ciudad de México, entre muchos otros. Son obras hechas a partir de fragmentos de archivo que la Filmoteca ha rescatado y preservado, materiales de ficción, documental y también hechos sociales, culturales y políticos filmados por la propia institución.

http://www.filmoteca.unam.mx/cinelinea/html/lustros.html

Prepárate para viajar, a través de nuestros archivos fílmicos, a los sucesos más relevantes del siglo XX mexicano. Porque los hechos sociales, culturales y políticos de nuestra actualidad tuvieron sus razones de ser varias décadas atrás: http://goo.gl/i6zqFs

CINE ARGENTINO DE SIEMPRE EN EL MALBA

Dirección y contacto
Malba – Fundación Costantini
Avda. Figueroa Alcorta 3415
C1425CLA Buenos Aires, Argentina
T +54 (11) 4808 6500 | 6515
F +54 (11) 4808 6598/99
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En noviembre de 2013, el INCAA recibió una donación extraordinaria de la empresa Turner Internacional argentina: la colección de films adquiridos durante la década del ’90 por el empresario argentino Alberto González (1928-2001), fundador de Imagen Satelital. 

En 1998 su empresa y patrimonio habían pasado a ser parte del grupo Cisneros y más tarde de Turner Internacional Argentina. La colección, que el INCAA recibió con derechos para emitir por INCAATV, consta de negativos o copias de numerosos films independientes argentinos, así como toda la producción de los estudios Lumitón, SIDE y San Miguel. Ese material excepcional debía preservarse adecuadamente y por eso el INCAA emprendió un programa sin precedentes en la materia, que complementa otras iniciativas recientes, como la creación del primer depósito adecuadamente climatizado para la conservación de films que existe en la órbita pública. 

En esta edición del Festival de Mar del Plata, INCAATV presentó 18 films argentinos de la colección Turner, restaurados a su formato original de 35mm. El trabajo fue coordinado por el historiador Fernando Martín Peña, con la colaboración de Georgina Tosi y Marina Coen de la Cinemateca del INCAA, e implicó el salvataje de negativos originales que se estaban deteriorando, la ubicación de fragmentos perdidos, la articulación con otros reservorios públicos y privados, la producción de nuevos materiales de preservación. El resultado recorre buena parte de la historia del cine argentino sonoro, desde 1936 hasta 1958, la que se vincula con el apogeo del cine de estudios, géneros y estrellas. 

Por primera vez en muchos años, el público podrá volver a ver con la merecida calidad, obras de cineastas argentinos fundamentales como Hugo del Carril, José Agustín Ferreyra, Manuel Romero, Luis Saslavsky, Carlos Schlieper o Mario Sóffici.

L I S T A   D E   P E L I C U L A S
La muchachada de a bordo
(1936) de Manuel Romero. 78'.
Jueves 2 de enero a las 18.00
Viernes 3 de enero a las 18.00

No abras nunca esa puerta
(1952) de Carlos Hugo Christensen. 85'.
Jueves 2 de enero a las 20.00
Domingo 5 de enero a las 22.00
Sección desaparecidos
(1958) de Pierre Chenal. 82'.
Jueves 2 de enero a las 22.00
Viernes 3 de enero a las 20.00

Los árboles mueren de pie
(1951) de Carlos Schlieper. 86'.
Sábado 4 de enero a las 18.00
Gente bien
(1939) de Manuel Romero. 85'.
Jueves 9 de enero a las 18.00
Viernes 10 de enero a las 18.00
Jueves 30 de enero a las 18.00
El último payador
(1950) de Homero Manzi y Ralph Pappier. 90'.
Jueves 9 de enero a las 20.00
Domingo 12 de enero a las 22.00
Jueves 30 de enero a las 22.00
Historia del 900
(1949) de Hugo del Carril. 105'.
Jueves 9 de enero a las 22.00
Viernes 31 de enero a las 18.00

Eclipse de sol
(1943) de Luis Saslavsky. 84'.
Sábado 11 de enero a las 18.00
Domingo 12 de enero a las 20.00
La pródiga
(1945) de Mario Soffici. 67'.
Jueves 16 de enero a las 18.00
Viernes 17 de enero a las 18.00

Ambición
(1939) de Adelqui Millar. 72'.
Jueves 16 de enero a las 20.00
Domingo 19 de enero a las 22.00
La cabalgata del circo
(1945) de Mario Soffici. 85'.
Jueves 16 de enero a las 22.00
Viernes 17 de enero a las 20.00
Viernes 31 de enero a las 20.00

Tango bar
(1935) de John Reinhardt. 70'.
Jueves 23 de enero a las 18.00
Viernes 24 de enero a las 18.00
La dama duende
(1945) de Luis Saslavsky. 113'.
Jueves 23 de enero a las 20.00
Domingo 26 de enero a las 22.00

Safo – Historia de una pasión
(1943) de Carlos Hugo Christensen. 98'.
Jueves 23 de enero a las 20.00
Viernes 24 de enero a las 20.00
La casa de los millones
(1942) de Luis Bayón Herrera. 88'.
Sábado 25 de enero a las 18.00
Domingo 26 de enero a las 20.00

Muchachos de la ciudad
(1937) de José A. Ferreyra. 60'.
Viernes 1 de febrero de 2013 a las 18.00
Sábado 2 de febrero de 2013 a las 20.00
La Cumparsita
(1947) de Antonio Momplet. 77'.
Jueves 30 de enero a las 20.00
Domingo 2 de febrero a las 22.00




El hermoso Brummel
(1951) de Julio Saraceni. 92'.
Sábado 18 de enero a las 20.00
Domingo 19 de enero a las 20.00








viernes, 3 de enero de 2014

LA INDUSTRIA DE LOS EFECTOS VISUALES YA NO ES EXCLUSIVIDAD DE HOLLYWOOD

El truco de inventar lo que no existe

En dos semanas se definirán las cinco candidatas a un rubro del Oscar que atrae cada vez más atención. Aunque Hollywood lleva la voz cantante en la industria, las compañías más innovadoras en el campo de los efectos visuales se sitúan en Inglaterra.
Por Nick Clark *
A medida que se acerca la “temporada de premios”, las mayores casas de efectos visuales del mundo se preparan para lo que en el negocio se conoce como “Bake off”, algo así como “la horneada”. En estos días se hará la visualización final de los trabajos que realizaron en películas que incluyen títulos resonantes como Gravity, Thor: el mundo oscuro y World War Z; así, sus colegas definirán la lista final de sólo cinco películas que competirán por el Oscar a los mejores efectos visuales en los premios de la Academia. Los nominados se anunciarán el próximo jueves 16, pero la lista de diez preseleccionadas ya marca una tendencia: siete de ellas involucran a compañías que no son de Hollywood sino de origen británico, como Framestore, MPC, Double Negative y Cinesite.
El público que llena las salas de cine no tiene mayor idea de que Gran Bretaña es una de las casas de efectos especiales más poderosas del mundo, con algunas de las más grandes empresas a nivel mundial ubicadas a pocas cuadras de distancia en el Soho londinense. “Es sorprendente el gran porcentaje de trabajos de efectos visuales que el público está disfrutando en los tanques hollywoodenses y que en realidad se realizaron en Inglaterra –dice un veterano miembro de la industria–. En términos de representación, el país tiene una presencia llamativa en el cine estadounidense. No se trata sólo del volumen sino también de la calidad. En estas empresas trabajan algunos de los mejores artistas del mundo.”
Una de las favoritas para llegar no sólo a la lista final, sino inclusive para quedarse finalmente con la estatuilla dorada el 2 de marzo en Los Angeles es Gravedad. A pesar de tener dos actores estadounidenses de peso como Sandra Bullock y George Clooney, los revolucionarios efectos visuales que los ponen a girar en el espacio fueron casi íntegramente creados en Inglaterra por la compañía Framestore, a través de un equipo de 450 personas. Los efectos han sido celebrados por todo el mundo, desde James Cameron (director de Avatar, otra película que sorprendió en ese rubro) al astronauta Buzz Aldrin. El trabajo realizado por ese equipo incluyó la creación de una “caja de luces” con cientos de leds, la invención de un nuevo arnés para suspender a Bullock, la labor de un equipo de marionetistas que ya trabajó en Caballo de guerra y la utilización de un software para dibujar gráficos sobre el cuerpo de los actores e inclusive en los visores delante de sus caras. Tim Webber, supervisor de efectos visuales en la película, dice que “siempre amé desarrollar nuevas técnicas, hacer que en cada película se pueda hacer algo ligeramente diferente a medida que los efectos evolucionan más y más. Con Gravedad hicimos muchas cosas diferentes, cosas que son sustancialmente nuevas. Cada pequeña parte del proceso fue diferente a todo lo que habíamos hecho antes”.
Webber viene trabajando en el desarrollo de nuevas técnicas desde que arribó a la industria, en 1985, tras estudiar física y deseoso de hacer uso de su amor por las artes. En ese momento, Framestore sólo hacía trabajo corporativo y videoclips para el universo pop, incluyendo el icónico “Take on me” del grupo A-Ha. “En esos tiempos, todos los que llegaron a la industria lo hicieron de diferentes maneras”, dice. La primera máquina en la que Webber trabajó podía almacenar 90 segundos de video de definición estándar y tenía el tamaño de una heladera.
Otro de los profesionales que se sitúan en la primera línea de aquellos que buscan empujar las fronteras de los efectos visuales es Paul Franklin, de Double Negative: su ruta de ingreso a la industria fue a través del trabajo como escultor, que lo llevó a buscar visualizar sus piezas en 3D en una computadora. Franklin, que trabaja actualmente como supervisor de efectos visuales para Christopher Nolan en Interstellar –película de ciencia ficción que se estrenará a fines de este año–, trabajó en MPC por cuatro años, antes de cofundar Double Negative (conocida como Dneg) en 1998. La empresa fue inmediatamente comisionada para crear el mundo visual de Pitch Black, una película de bajo presupuesto pero con muchos efectos protagonizada por Vin Diesel. Conoció a Nolan en el set de Batman inicia y luego trabajaron juntos por el resto de la trilogía, consiguiendo un Oscar por Inception en 2011. Su trabajo será objeto de una muestra especializada en el centro Barbican de Londres en 2015.
Richard Stammers, quien actualmente trabaja para MPC en X-Men: Days of Futures Past (a estrenarse en mayo de este año), dice: “En el trabajo que hacemos, hay un amplio espectro de disciplinas. Hay desafíos que son increíblemente creativos y otros que son muy técnicos. Podés aprender a usar el software, pero el ojo creativo que se necesita detrás de ese aprendizaje es a menudo muy importante”.
Lo que cimentó la reputación de Londres como uno de los tres centros mundiales de los VFX –junto a la Costa Oeste de Estados Unidos y Nueva Zelanda, donde está ubicada la poderosa Weta, que sorprendió al mundo con la trilogía de El señor de los anillos– fue la franquicia Harry Potter. Simon Stanley-Clamp, de Cinesite, dice que “todos querían estar en Potter. Para Londres, fue la marca que vino a cambiar el juego”. La ciudad se convirtió en una especie de Meca para los artistas con talento y los supervisores de efectos visuales, en parte impulsada por la saludable competencia entre compañías muy cercanas entre sí en el Soho. “Siempre hubo un montón de artesanos cinematográficos y todas las empresas de VFX están muy cerca unas de otras –apunta Webber–. Eso hace una gran diferencia: todos terminaban encontrándose en el pub.”
Actualmente, se estima que en la capital inglesa trabajan unos seis mil profesionales, seis veces más que hace una década. También se benefician de la serie de producciones de Hollywood atraídas por las reducciones de impuestos que el gobierno inglés fijó para la industria del cine. “Esto está explotando –detalla Webber–. Desde aquí está saliendo una gran cantidad de muy buenos trabajos. Durante mucho tiempo Londres no consiguió los presupuestos que se manejaban en otros sitios, con lo que las compañías dedicadas a esto debieron poner en juego una mayor creatividad, que no se basara en simplemente tirar más y más dinero.”
Aun así, no es un panorama exento de problemas. El negocio es altamente competitivo, y por ende los márgenes son apretados, y los tiempos de resolución para cada proyecto se vuelven aún más ajustados. Canadá, cuyo gobierno también ha implementado una agresiva política de reducción de impuestos para la industria cinematográfica, también viene atrayendo talentos y proyectos fílmicos. El gobierno británico actuó con la reciente Declaración de Otoño (Autumn Statement), que señala nuevas reducciones específicas para la industria de efectos visuales. Según dice Stanley-Clamp, “todavía es una industria de proporciones reducidas, pero una industria que opera a escala global. Es algo que debemos celebrar: un mercado resonante, poblado de gente realmente muy talentosa”.
* De The Independent de Gran Bretaña. Especial para Página/12.

jueves, 2 de enero de 2014

LA VIDA DE ADÈLE, DE ABDELLATIF KECHICHE, GANADORA DE LA PALMA DE ORO EN CANNES 2013

Un amor excesivo, una tragedia clásica

El encuentro entre las jóvenes Adèle y Emma da inicio a una historia de pasión de esas que ponen en juego razón, arrebato, cuerpo, hormonas, desencuentros y, a la larga, una infinita desolación. Y la actuación de Adèle Exarchopoulos es simplemente fabulosa.
Por Horacio Bernades


Ganadora de la Palma de Oro en la última edición de Cannes y del Premio Fipresci de la Crítica a la Mejor Película del 2013 (entre otros muchos galardones obtenidos de mayo para acá), firme candidata a la nominación al Oscar a Mejor Film Extranjero, La vida de Adèle logra lo que el cine (y la gente) ya no: construir una gran historia de amor. De esas que ponen en juego razón, arrebato, cuerpo, hormonas, desencuentros y, a la larga, una infinita desolación. Con un metraje de 179 minutos (absolutamente inusual para lo que nunca deja de ser un pequeño film intimista), está dividida en dos movimientos: el primero de ellos avanza hacia la plenitud, el desborde, la consustanciación con el otro hasta perderse a sí mismo; el segundo se corresponde, plano a plano, con un melodrama amoroso. En totalidad, el film del tunecino Abdellatif Kechiche (el de la magnífica Juegos de amor esquivo y la más formulaica Cous Cous) es una tragedia hecha y derecha. Una tragedia clásica, con una heroína ciega, incapaz de hacer corresponder deseo y destino.
Los amores excesivos siempre fueron una de las especialidades de la french cuisine. Si un cineasta se abocó a ellos con verdadera fijación, ése fue François Truffaut, quien en una ocasión (1975) trasladó al cine La historia de Adela H, de Victor Hugo. Si no fuera porque la actriz que protagoniza La vida de Adèle se llama Adèle Exarchopoulos, uno juraría que esta muchacha de secundario debe su nombre a aquella pariente lejana del siglo XIX. Como la Adjani en el film de Truffaut, Adèle se enamora de quien no debe. La diferencia es, en tal caso, que mientras el teniente de Húsares rechazaba tempranamente a H., aquí nada indica, al comienzo al menos, que el amor de Adèle no sea correspondido. Es verdad que asoman diferencias que se tornarán insalvables. Pero, ¿cómo saber que lo son antes de hacer la prueba?
Adèle se enamora de Emma (Léa Seydoux) en el instante mismo en que se cruzan por la calle. Adèle no es gay (Emma sí, desde el propio despertar sexual) e incluso acaba de levantarse, aun en su timidez, al compañerito que más le gusta. Pero desde que ve a Emma, es como si su vida entera fuera succionada por esta chica de cabello azul. Los héroes y heroínas trágicos no suelen registrar los datos que advierten del error de sus elecciones, y podría tomarse como tal el hecho de que ese día Emma vaya abrazada a una chica. Pero, ¿quién a quien alguien le guste mucho renuncia a él por el simple hecho de que esté en pareja?
Lo que sí está claro desde un primer momento es que, de modo clásico, Adèle ama y Emma, que tiene el look y los modales del Brando de los ’50, se deja amar. Siempre y cuando por “dejarse amar” se entienda hacerlo con ferocidad: el cronista no recuerda cuándo fue la última vez (si es que alguna vez hubo una) que vio en cine escenas de sexo tan intensas y desesperadas, tan creíbles y transpiradas, tan absolutas como las de La vida de Adèle. Tan necesarias: no hay otra forma de transmitir el fuego que consume a las dos muchachas, que tirar la cámara a él. Pero es verdad que es Adèle la que busca en boliches gay a la chica que la deslumbró, la que fuerza el primer beso, la que sufre cuando percibe los primeros síntomas de descomposición, la que se deshace por dentro, la que intenta recuperar un amor que ya no está.
La cámara la sigue todo el tiempo, con la misma obsesividad con que ella persigue a su objeto amoroso. La actuación de Adèle Exarchopoulos es simplemente fabulosa: véase cómo pasa del hermetismo al desborde emocional, de la pasividad a la fiereza (cuando las compañeras de colegio la “acusan” de tortillera), de la melancolía que la cerca a dejarse llevar por la sensualidad de un baile (gran escena), de la locura amorosa a la pasividad otra vez (la fiesta en el jardín, otra gran escena), o cómo hace coexistir máscara social y corazón partido, en la extraordinaria escena del baile africano. Cuando la implacable Emma la echa de casa, rompe desconsoladoramente en llanto, como una nena. “Antígona es una niña”, había remarcado la profesora de Literatura al comienzo de la película, cargado de referencias literarias. “Presten atención al carácter de predestinación que tiene el flechazo de la protagonista en Vida de Marianne, de Marivaux”, indica otro profesor. Más tarde vendrán, de la mano de Emma (¿Emma, como Bovary?), Sartre, el existencialismo y la idea del compromiso.
Esas referencias, que puntúan de modo demasiado evidente lo que va a venir, son lo más flojo de La vida de Adèle, que desde el propio título busca el parentesco con Marivaux. Pero la de Kechiche es una de esas obras que, de tan grandes, arrollan sus propias debilidades gracias al torrente narrativo, emocional y subtextual que desencadenan. Para poner sólo un par de ejemplos de la rica alusividad de esos subtextos, se aconseja prestar atención al tema de las diferencias de clase y formación (motivo clásico de toda tragedia amorosa) y la manera en que la pareja de Adèle y Emma va clonando, de modo inconsciente, los roles masculino y femenino, en su acepción más tradicional. Dos puntas a seguir, en medio de un archipiélago de sentidos en el que se recomienda, fervientemente, perderse.
10-LA VIDA DE ADÈLE
La vie d’Adèle,
Francia/Bélg./España, 2013.
Dirección: Abdellatif Kechiche.
Guión: A. Kechiche y Ghalia Lacroix, sobre novela gráfica de Julie Maroh.
Duración: 179 minutos.
Intérpretes: Adèle Exarchopoulos, Léa Seydoux, Aurélien Recoing, Catherine Salée, Mona Walravens.

PORQUE ESTE AMOR ES AZUL


Por Mariana Enriquez
Adèle va a la secundaria, es un poco tímida pero absolutamente directa y sincera. Le gusta comer, su familia es proletaria, estudia literatura francesa. Vive en Lille, una ciudad del norte de Francia. Está comenzando la vida. Y justo entonces se encuentra –casualmente, por la calle– con una chica de pelo azul, una chica que se viste de jean, estudia arte, y se parece a River Phoenix, seductora y canchera y lesbiana. Se llama Emma. Adèle y Emma se enamoran locamente, tienen sexo con abandono y ferocidad, se van a vivir juntas, pasan los años, la convivencia se desmorona. De eso se trata, superficialmente, La vie d’Adele, dirigida por el director francés nacido en Túnez Abdellatif Kechiche y protagonizada por dos chicas maravillosas, Adèle Exarchopoulos –diecinueve años cuando rodó la película, casi sin experiencia en cine– y Léa Seydoux, la actriz de Medianoche en París, de Woody Allen, y Bastardos sin gloria, de Tarantino. La vie d’Adèle es una historia de amor, de iniciación, de aprendizaje. Hay cientos de películas así. Pero La vie d’Adèle es diferente de todas y de eso se dio cuenta el jurado de Cannes cuando le dio la Palma de Oro y falló que el premio debía ser compartido entre las actrices y el director. En las tres horas que dura –y no le sobra un minuto– la cercanía con las chicas, y especialmente con Adèle, es vívida, emocionante, insoportable. A veces el cine es capaz de esto: toda la complejidad de la vida está ahí, entre estas dos chicas. El dolor irrepetible del primer amor perdido, la herida profunda del deseo, las conversaciones jóvenes sobre Sartre, las marchas pidiendo por educación pública y festejando el orgullo gay, las fiestas con baile de madrugada, los compañeros de colegio homofóbicos, los compañeros de colegio solidarios, los amigos que salvan la vida, los amigos snobs que nos hacen llorar, el primer trabajo, irse a vivir juntos, las comidas con los padres. Pero, sobre todo, el amor, en toda su necesidad y su alegría y su desdicha.
Nada de esto sería posible sin Adèle Exarchopoulos, una de las protagonistas. Esta película es tan suya que, finalmente, lleva su nombre: La vie d’Adèle está basada en una novela gráfica de Julie Maroh, Le bleu est une couleur chaude (El azul es un color cálido) y allí la adolescente se llama Clementine. Pero Kechiche, cuando rodaba, se dio cuenta de que su actriz se merecía el título. La filmó todo el tiempo, incluso cuando dormía, cuando comía, cuando no actuaba –es su método intrusivo, que les resulta molesto a los actores pero tiene resultados increíbles, como ya lo había demostrado en L’esquive (2003), su segunda película sobre un grupo de adolescentes de los suburbios de París–. Y en más de una ocasión, Adèle Exarchopoulos deja sin respiración: es tan hermosa con el pelo grasiento y el cigarrillo entre los dedos; tan sincera cuando está incómoda entre los amigos artistas de su novia pintora que la hacen sentir prole y ama de casa y apenas una musa; es tan sensual cuando baila con un hombre, despechada porque su novia se pasa el día discutiendo por teléfono con galeristas. Léa Seydoux, la chica del pelo azul, es el objeto de deseo aquí –y es una actriz inteligente, felina– pero el amor es para Adèle: el de los espectadores, que se van a quedar con la mandíbula por el piso ante su naturalidad, sus labios entreabiertos, sus lágrimas, su entrega –la manera en que sobrevive al desamor es heroica, desarmante–.
Cuando se estrenó y ganó Cannes, de lo que más se habló, sin embargo, fue de la escena de sexo. Se trata de la más larga en la historia del cine mainstream entre dos mujeres, dura diez minutos y se ve a estas criaturas celestiales mordiéndose, masturbándose, lamiéndose, desnudas, en un plano abierto que las deja aún más desnudas, bien iluminadas, coreografiadas pero también algo torpes, voraces y alegres. Hay otras escenas más pero ésa, la de diez minutos, causó todo el revuelo y los gritos de “innecesario”, aunque, la verdad, la escena es absolutamente necesaria para entender la fuerza arrasadora que enciende a estas chicas, que no es una fuerza excepcional, no es un amor torturado y demencial, es el amor tal cual se siente, el que deja sin dormir y con el pecho dolorido, un estado de locura y vulnerabilidad que es injusto e incomparable.
La vie d’ Adèle, además de ser un estudio de personajes, es un ensayo sobre la clase –algo que preocupa especialmente al cine de Kechiche–. En esto se separa de la novela gráfica, donde la separación de las chicas ocurre porque una de ellas, Emma, es una militante gay y Clementine-Adèle prefiere la vida hogareña. En La vie d’Adèle las cuestiones de género importan menos: lo que termina separando a las chicas es el origen social: una es proletaria, trabaja en la educación pública, es la Francia profunda; la otra es hija de la burguesía artística y ni piensa en el dinero. Y esa diferencia se vuelve un muro tan silencioso y tenaz que no puede ser derribado por el deseo.
Abdellatif Kechiche no permitió estilistas ni maquilladores en el set durante el rodaje, que duró más de cinco meses y fue cronológico; las actrices hoy se quejan de que las empujó demasiado, que las obligó a pegarse en las escenas de ruptura, que se sintieron incómodas en las de sexo, que no volverían a trabajar con él. Julie Maroh también expulsó vinagre y dijo que las escenas de sexo son “la fantasía de un hombre heterosexual”. Quizás esté molesta porque la película es mejor que su novela. Como sea, La vie d’Adèle se estrenó comercialmente en medio de todo este malhumor, y la semana que viene llega a Argentina y no hay nada en sus tres horas que delate los desplantes y enojos. El exigente Kechiche y sus actrices lograron un prodigio de película, un cine lleno de belleza, riesgo y pasión.

El lobo de Wall Street



VENDEDORES DE HUMO

Basada en la autobiografía de Jordan Belfort, un corredor de Bolsa que hizo una fortuna en los años ’90 aprovechando las ventajas de la desregulación financiera, El lobo de Wall Street, la nueva película de Martin Scorsese, que se estrena esta semana, protagonizada por su aliado y favorito Leonardo Di Caprio, es el mejor exponente de un género de larga tradición, que surge con L’argent, de 1928, y llega a Capitalismo: una historia de amor, de Michael Moore, sin olvidarse, claro está, de la mítica Wall Street, de Oliver Stone. La de Scorsese es una comedia excesiva y pantagruélica que, en su exageración, desnuda el corazón vacío de un mundo donde nada se produce y donde cada acción tiene consecuencias reales sobre la vida de personas que ni siquiera pisaron el recinto de la Bolsa alguna vez. Amada y odiada por la crítica, la película es, sin embargo, el mejor Scorsese en años: como en sus mejores épocas, vuelve a hablar del egoísmo, la naturaleza salvaje del capitalismo y la fuerza corruptora del poder a través de personajes tan inescrupulosos como irresistibles.
Por Mariano Kairuz
Cinco, seis años después del último, sonoro crac en el centro financiero de Manhattan –con sus ecos todavía sonando en las cabezas de los norteamericanos y, no tan lejanamente, en las de buena parte del resto del mundo–, nos encontramos embarcados al principio de lo que parece ser un nuevo viaje, interminable, en busca del sentido profundo de Wall Street. Recién arranca una travesía que promete y amenaza con extenderse por tres horas y estamos escuchando eslóganes como “acá negociamos con la nada misma”, “el dinero no te compra una visa mejor, te hace una mejor persona”, y puf, todo suena tan cínico y remanido que el asunto parece atrasar dos décadas. O más: parece retroceder hasta los tiempos del Wall Street, de Oliver Stone (1987).
Pero pasaron apenas diez, quince minutos de El lobo de Wall Street, la nueva, polémica, desbordada e intoxicante película de Martin Scorsese, basada en la autobiografía increíble-pero-real del ex corredor de Bolsa y rey de los especuladores-estafadores bursátiles Jordan Belfort, y de pronto todo cobra sentido y empezamos a sentir que estamos, probablemente, ante una obra maestra.
Una escena: el exitoso broker cocainómano Mark Hannah (Mathew McConaughey, absolutamente increíble) se lleva al joven, inexperto Belfort, que acaba de empezar a trabajar para él en la firma LF Rotschild, a almorzar. Hannah ve potencial en Belfort y le ofrece un par de consejos que le serán invaluables. Son consejos de acción y supervivencia. Uno: hay que saber que acá, en Wall Street, no se produce nada, y nadie acá tiene la menor idea de cuánto valen ni qué va pasar –si van a subir, bajar o estancarse– con las acciones que hacemos que compren nuestros clientes. Lo que importa es que compren, y si les va bien, que nunca se lleven el dinero, sino que sigan comprando. Así que nada de pruritos: hay que llevar dinero a casa, y eso es lo único que te tiene que importar. Dos: la única manera de mantenerse andando en este negocio es con merca y putas. Tres: y muchas pajas, al menos dos por día, para mantener el flujo sanguíneo. “Decime, Jordan, a vos te gusta masturbarte, ¿no?”
Son solo unos minutos, lo de McConaughey, luego entona una suerte de canto ritual –con golpes en el pecho, silbidos, sonidos graves y profundos–, un mantra desquiciado que expresa con salvaje precisión el nivel de abstracción al que se debe llegar para poder moverse en ese mundo donde nada se materializa, todo consiste en ser los mejores vendiendo humo. Luego desaparece, pero su espíritu domina todo lo que vendrá. En el transcurso de un almuerzo, Belfort sale convertido en El Hombre Nuevo. Se filmaron muchas películas sobre la especulación financiera –es un género con al menos ocho décadas de historia– y se hacen cada vez más, a la sombra de la última gran crisis. Ficciones y documentales. Esta es la mejor.

PANDILLAS DE NUEVA YORK

Jordan Belfort nació a principios de los ’60 y fue criado en el Bronx por sus padres contadores; fingió brevemente que iba a estudiar odontología o alguna otra profesión más o menos respetable, pero enseguida cambió de rumbo para consagrarse a lo que sabía que podía hacer mejor: venderle cualquier cosa a cualquiera. Consiguió empleo en Rostchild –compañía emblemática de lo que los norteamericanos llaman El Viejo Dinero–, pero a pesar de su convicción duró poco: era 1987, y en octubre de ese año tuvo lugar el Lunes Negro que llevó al cierre de la centenaria firma. Rápido de reflejos, encontró un trabajito en una compañía montada en un galpón cualquiera por un puñado de brokers de medio pelo, vendedores de “penny stock”, es decir, acciones valuadas en menos de un dólar, de empresas diminutas, con poco futuro o virtualmente inexistentes. Sabiendo que “inexistente” era la clave de todo el asunto, enseguida Belfort les enseñó a estos perdedores –según la leyenda sobre sí que él mismo puso por escrito– cómo hacer pequeñas fortunas con acciones de centavos, empezando a rascar miles de dólares por operación para incredulidad de sus nuevos empleadores. Un tiempo después se ponía al mando de Stratton-Oakmont, su propia firma de operadores bursátiles, con un equipo de patanes sin moral ni sentimientos, armado y entrenado por él mismo. En 1991, la revista Forbes ayudó a erigirlo en yuppie modelo con un artículo que lo describía como “una suerte de Robin Hood torcido que les saca a los ricos y les da a sus amigos y a su banda de alegres brokers”. La definición no era del todo precisa: lo cierto es que algunos de los “inversores” a los que motivó para que se metieran en negocios más que riesgosos no eran exactamente ricos y solventes y terminaron quebrados y endeudados debido a las maniobras inescrupulosas de Belfort y los suyos, que en esa primera mitad de la década perdida llegaron a hacer 50 millones de dólares anuales, y según la leyenda, una vez, 23 millones en un solo día.
Eventualmente (en 1998) lo agarraron. Sin embargo, acusado por fraude contra el seguro y lavado de dinero, Belfort la sacó bastante barata buchoneando a muchos de sus amigos ante el FBI, y consiguió pasar menos de dos años de pena efectiva en prisión –a mediados de la década pasada–, un castigo ínfimo en relación con la cantidad de gente a la que había estafado y la cantidad de dinero involucrada en sus delitos financieros. Y no sólo eso: fue durante ese tiempo en una prisión de lujo que se parecía a una casaquinta, con cancha de tenis y todo, que, impresionado por la lectura de La hoguera de las vanidades (el libro de Tom Wolfe que describía las desventuras de uno de esos “Masters of the Universe” de Wall Street con los que no le costó nada identificarse), empezó a redactar sus propias memorias en el estilo rápido y furioso de su nuevo ídolo, y a convertir su historia en mito. En entrevistas, habla con presunto candor de sus años en la cresta de la ola: “Hacés todo este dinero, pero no hay nada real vinculado con él. Lo hacés comprando y vendiendo la ingenuidad de otra gente. Hay tal vacío detrás de ese tipo de dinero, que los banqueros y corredores lo llenan con posesiones materiales, y cuando eso ya no alcanza, con drogas”.
Hoy Belfort vive en un modesto departamento californiano y dice haberse reformado. Pero, también afirma, no puede encontrar paz: “Es mi locura personal: aun no sé quién soy, pero sé que ya no soy el tipo que fui. Me mata, porque en el fondo, sé que soy una buena persona. Quiero devolverle todo a todos. Cada mañana me levanto asqueado por todo lo que hice. Sé que tengo estos cadáveres en el ropero, pero, ¿no es posible perderlos?”.
Escrito como una sucesión de escenas estrafalarias en las que, a pesar de sus 500 páginas, no es difícil vislumbrar la estructura de un guión cinematográfico, El lobo de Wall Street (recién editado localmente por el sello Planeta a través de su serie Booket) se convirtió en un bestseller destinado a funcionar como expiación –eso dice al menos Belfort–, pero también como explotación, provocando el escándalo y la náusea de muchas de las víctimas de las estafas de Stratton-Oakmont.
El libro, por supuesto, no tardó en llegar a los lugares correctos: para empezar, cuando aún estaba en galeras, lo leyó el guionista Terence Winter –que trabajó para la serie Los Soprano y hace unos años escribió Boardwalk Empire para Scorsese, un currículum que acentúa los sugestivos vínculos entre los relatos del Wall Street salvajemente desregulado de los ‘80/’90 y la mafia (la leyenda dice que algunos Cosa Nostra llegaron a mandar a su gente a las oficinas de Stratton-Oakmont, para que aprendieran algunas cosas del negocio). Eventualmente también llegó a las manos de Leonardo DiCaprio, que primero consiguió ganarle la carrera por los derechos para la adaptación a Brad Pitt, y luego pasó unos siete años obsesionado con que era una de esas oportunidades perfectas para otra colaboración con su director-aliado, Martin Scorsese. ¿Por qué les llevó tanto tiempo filmarla y estrenarla? En principio, porque, como dicen sus propios responsables, filmar películas sobre el dinero cuesta dinero: hay que poner en pantalla vistas increíbles de Manhattan, Ferraris, yates de cuarenta metros, aviones, helicópteros, escenas en paraísos fiscales, y cientos de extras, incluyendo las prostitutas que desfilaban a diario por las oficinas de la compañía, así como el chimpancé patinador o los enanos para lanzar al blanco –enanos de verdad: personas de baja estatura– en las usuales fiestas decadentistas que tenían lugar en esos mismos boiler rooms desde los que se hacían tantos negocios basados en la nada.
Básicamente eso: era una película cara de hacer, al menos sin tener que sacrificar las escenas capaces de dar una idea de la escala pantagruélica de todo el asunto, como la de Belfort aterrizando su helicóptero, totalmente borracho y drogado, en el jardín de su mansión, o la del naufragio de su yate en plena tormenta, provocado por la urgencia de correr a salvar los millones clandestinamente puestos en una cuenta Suiza mediante testaferros.
La Warner estuvo involucrada durante un tiempo en el proyecto –con, al menos por un momento, Ridley Scott como director designado– pero eventualmente se retiró. Cuando ya estaban por hacerla con un presupuesto menor, apareció una productora independiente, Red Granite, que les dijo a DiCaprio, Winter y Scorsese, tomen, acá tienen 100 millones de dólares, y total libertad. Libertad para hacer esa cosa cada vez más rara en los estudios que es una película adulta. En Estados Unidos eventualmente se sumó Paramount, pero sólo para su distribución.

BUENOS MUCHACHOS

Una de las cosas más extraordinarias de El lobo de Wall Street es que, tal como nos va adelantando lisérgicamente esa escena con Matthew McConaughey, se trata de una comedia. Una comedia bestial, con implicancias trágicas cuando uno se pone a pensar en todo eso que casi no se menciona pero que no hace falta, porque está ahí, apenas debajo de la orgiástica superficie: que las víctimas de los excesos y desmadres de esta manga de bestias vestidas de Armani son personas reales.
El lobo de Wall Street es probablemente el exponente más monstruoso y divertido de un subgénero cinematográfico arraigado en una larguísima tradición, y que obviamente se ha expandido –en ficciones y documentales– en los últimos años, con la última crisis bursátil como fantasma.
Antes que Hollywood, lo hizo el cine francés, con una obra maestra de 1928 dirigida por Marcel L’Herbier, titulada El dinero (L’argent), y que, basada en la novela de Emile Zola, estaba ambientada en la Bolsa de valores de París. Narraba –trasladando la historia del libro desde 1860 a 1920– una historia de conspiraciones especulativas entre banqueros que 85 años más tarde todavía alcanza resonancias tremebundas. Había antecedentes literarios para este fascinante tipo de villanos –como Danglars, el enemigo de Dantes en El conde de Montecristo, quien durante la “ausencia” del protagonista se convierte en un exitoso banquero, vulgar nuevo rico que saca grandes ventajas del mercado financiero capitalizando su acceso a información privilegiada, un tipo de crimen afín al “inside trading” de siglo y medio más tarde–, pero, sugestivamente, a partir del Reaganato se multiplican este tipo de relatos en el cine, con el Gordon Gekko de Oliver Stone –y su ya famoso discurso “La codicia es buena”–, la comedia con Eddie Murphy y Dan Aykroyd De mendigo a millonario (Trading Places, 1983), la menos conocida Rogue Trader (de 1999, con Ewan McGregor como el infame Nick Leeson, el tipo que terminó de llevar a la quiebra a la centenaria Baring Brothers), Boiler Room (2000, con Vin Diesel y Giovanni Ribisi, libremente basada también en la historia de Stratton-Oakmont), la pieza de cámara entre agentes de bienes raíces que se devoran entre ellos Glengarry Glenn Ross, y por supuesto, Americcan Psycho, La hoguera de las vanidades (filmada por De Palma con Bruce Willis y Tom Hanks), las más recientes Margin Call (con Kevin Spacey) e infinidad de documentales, como Enron: The Smartest Guys in the Room, y Capitalismo: una historia de amor (con el que Michael Moore intentó descular para el ciudadano común la trampa de las derivadas y el siniestro proceso de especulación inmobiliaria que había dejado sin hogar a millones en su país), y la lista sigue.
“Gordon Gekko es una suerte de icono de hombre de negocios emblemático”, dice Scorsese. “Los vendedores de Glengarry Glen Ross, de Mamet, son los tipos del fondo del barril, tratando por todos los medios de hacer sus operaciones, ganar sus comisiones y mantenerse a flote. Mark Zuckerberg en Red Social, es un tipo con un plan. Jordan es algo más: no tiene otro plan que el de hacer todo el dinero posible lo más rápido posible. Ingresa en este mundo, lo domina con brillantez, la pasa bárbaro durante un tiempo y las cosas se le van de las manos. Jordan consiguió esquivar cada obstáculo y regulación y luego, por las drogas o por su mera adicción a la riqueza, no pudo detenerse. Lo que me interesaba era el cuadro en el que esta historia transcurre, el alcance de la acción, el territorio que cubre, las actividades, los espacios y las interacciones. Y luego está esta área lateral, la tierra de nadie en la que uno se transforma en un genuino criminal que les produce un gran daño a muchas personas sin necesariamente darse cuenta. ¿Es esto, esta historia de ascenso y caída, algo esencial a nuestro país? No estoy tan seguro, pero es un tipo de narrativa que está presente todo el tiempo. Lo que me pregunto es si, dada la naturaleza del capitalismo de libre mercado, donde la regla es alcanzar la cima a cualquier costo, es posible tener un héroe de la industria financiera.”

LOBO ESTA

Y a esta altura, también, El lobo de Wall Street ya es una de las precandidatas más obvias para la próxima entrega del Oscar, a pesar de que la crítica norteamericana se debate desde hace unos días entre abrazarla con admiración y detestarla (aunque siempre sin dejar de concederle cierta maestría formal en la ejecución de algunas escenas). Sus detractores la acusan de ser vacía, estruendosa, celebratoria de criminales que han estado destrozando el ideal de Norteamérica por décadas. Cosas así han dicho algunos de los críticos de cine más reflexivos y en general interesantes de los medios estadounidenses más influyentes, lo cual vuelve todo el asunto sorprendente, porque el tema es más viejo que la mismísima noción de relato: el tema es la más deliberada y arriesgada interacción de forma y contenido. El lobo de Wall Street es estruendosa, escandalosa y amoral, es una orgía de ruido y furia –y montañas de coca y pastillas, y desnudos como no se veían en el cine de estudios desde hace un tiempo, una bacanal, se ha dicho, caligulesca, que remite al cine de los ‘70– esencialmente vacía porque no hay nada detrás de todo eso, más que la intención de mostrar un mundo por lo que era, lo que es. No hay nada y a la vez está todo: la naturaleza humana, intrínseca, monstruosamente egoísta, la naturaleza salvaje del capitalismo, la fuerza corruptora del poder. Así, enunciados de manera explícita, suenan ya un poco huecos y trillados, pero no dejan de estar ahí: son tópicos comunes a buena parte del cine de Scorsese.
Entre quienes lo apreciaron se cuenta la revista inglesa Empire, que hace un paralelo esencial sobre el “núcleo moral” de los films del director: “Como en los mejores films de Scorsese, hay un antihéroe que empuja los límites de nuestra simpatía –así lo hicieron Jake La Motta (en Toro salvaje), Rupert Pupkin (en El rey de la comedia), Travis Bickle (en Taxi Driver)–, pero Jordan Belfort probablemente sea el peor de la manada. Y ése es el genio de la película, no solo en la puesta en escena de Scorsese sino también en la actuación de Di Caprio: que tres horas en compañía de un hombre que explota a los pobres y se regodea en una riqueza obscena simplemente pasen de largo”. Más abajo agrega: “Scorsese no está señalando con su dedo a Wall Street, sino que nos está apuntando a nosotros, ofreciendo un espejo al mundo jodido en el que estamos viviendo”. Menos celebratorio, pero igualmente conciente del truco “amoral” de Winter-Scorsese, el reseñista de The Hollywood Reporter dice: “El acercamiento ensayado por el guión de Winter le provee al espectador lo que parece ser un acceso privilegiado a individuos que uno aborrecería en la vida real, pero que, encarnados en la pantalla por actores carismáticos, se vuelven fascinantes, por cómo consiguieron salirse con las suyas por tanto tiempo”.
Hay otras críticas elogiosas y el promedio da un saldo a favor para Scorsese-WInter-DiCaprio, pero sin embargo muchos de los reseñistas estadounidenses saltaron con sus colmillos moralistas sobre la yugular del trío. Lo dicho: la acusan de no ahondar en el tema de la salvaje explotación de clase, aunque hay una escena bastante temprana en la que una de las empleadas de la compañía recibe un bono de 10 mil dólares por dejarse rapar en público, en la oficina, para diversión de todos, mientras se anuncia que los diez mil serán aplicados en un implante de siliconas –un retrato del ambiente machista y abusivo de los boiler rooms que no requiere mayores comentarios–. La acusan de no estar diciendo “nada revelador con temas familiares como el hambre de poder, riqueza, status y el deseo excesivo de poseer todo”, de ser más ruido que sustancia, de “no indagar nunca bajo la piel de estos cretinos y de conseguir que su fotografía en movimiento, su edición, y su banda sonora danzante conspiren casi para que nos gusten” (revista Time Out). Finalmente, David Denby, de The New Yorker, termina siendo uno los críticos más feroces del film: aunque le concede algunos momentos grandiosos cree que en definitiva la totalidad de la película es “maniática y forzada, como si Scorsese estuviera empeñado en hacer la película más delirante de todos los tiempos”, que nos la vende con el mismo discurso agresivo que usan sus protagonistas, que “es irrefrenable, ensordecedora, de mala muerte, y en ultima instancia, no iluminadora”, que comete el error de tomar por verdadero todo lo que cuenta Belfort y que en última instancia es “falsa”, porque “se supone que es una denuncia de comportamiento desagradable, inmoral, corrupto, y obsceno, pero está hecha en un estilo tan exultante, que se convierte en un ejemplo de cine desagradable y obsceno”.
En otras palabras, que muchos críticos terminaron reclamándole a la película que hiciera lo que normalmente se les exige a las películas que no hagan: juzgar a sus personajes, bajar línea, sermonear un poco, así sabemos que toda esta podredumbre le parece esencialmente mala. Que no deje tamaña responsabilidad en manos del espectador.
Scorsese dijo sobre el asunto lo esperable, lo que puede decantarse de algunas de sus mejores películas: “Creo que todos, bajo determinadas circunstancias, somos capaces de cometer actos despreciables. Y es por eso que, a través de los años, en mis películas han aparecido personajes a los que no les importa lo que la gente piense de ellos. Intentamos ser todo lo verdaderos posibles al respecto y quizá, de algún modo, ver en ellos partes de nosotros que no nos gustan”. Y: “Es una vieja historia, la de parecer demasiado celebratorio al describir a personajes fascinante pero funestos. La gente puede llevar su identificación con los libros y las películas hasta lugares realmente alarmantes. Alguna gente puede simplemente quedarse con el aspecto divertido, pero si estás mostrando un mundo específico en una película, y querés mantenerte fiel a ese mundo, por oposición al recurso de mostrarlo desde una distancia, vas a tener que hacerlo atractivo e interesante. Y de hecho, la gente que protagoniza esta historia era entretenida, y la pasaron muy bien hasta que los agarraron”.
Sugestivamente, el que posiblemente dio la clave de lectura más interesante paa resolver esta tensión narrativa (contar sin celebrar ni condenar, divertir sin encandilar y nublar el juicio) fue el comediante Jonah HIll, que interpreta a Donnie en la película, el socio y mejor amigo de Belfort en su emprendimiento y sus tropelías irredentas. “Martin Scorsese es extraordinario en muchas cosas, y una de ellas es mostrar gente haciendo cosas que son moralmente corruptas y volverlas muy disfrutables de ver. De algún modo hace que te pongas de su lado, y los adores: es cool y excitante hacer cosas malas. Hay gente que no llega a ver la oscuridad de todo esto. El propio Belfort me dijo inclusive que había gente en Stratton que disfrutaba de dañar a otros”. Pero, para entender el riesgo que asume el film, dice, hay que entender que se trata de cine adulto. “Spring breakers se estrenó cuando estábamos haciendo esta película. Yo soy un gran fan de Harmony Korine; pero vi Kids cuando tenía unos once años, y ni le presté atención a la subtrama sobre el sida, simplemente quería ser como esos chicos. Ahora tengo 29, vi Spring Breakers y salí pensando: Dios, esta generación está tan jodida. Realmente me deprimió la película, pero me di cuenta de que si hubiera tenido 14 años hubiera salido del cine gritando ¡vámonos de vacaciones de primavera, spring break para todos! Del mismo modo, si hubiera visto El lobo de Wall Street a los 13, hubiera salido excitado del cine con toda la locura en pantalla, diciendo: ¡vamos corriendo a hacernos corredores de Bolsa!”

miércoles, 1 de enero de 2014

FELIZ 2014

Estimado visitante, quiero compartir contigo esta tarjeta que me ha enviado mi prima.
Te tengas un 2014 colmado de realizaciones.